lunes, 30 de noviembre de 2009

La farsa, el circo




Vivo en Iztapalapa. Soy un ciudadano indignado y exijo a esos políticos que se regodean en su circo, en su farsa, en su mediocridad y en su miseria, que paren el espectáculo. Me dan pena ajena. Estoy harto de ellos, estoy hasta la madre de ustedes que se la pasan jugando con la voluntad de la gente. No aguanto (y eso que soy muy tolerante) que dos personas, las facciones políticas y sus intereses, se estén peleando por un cargo de representación popular como si fuera un pastel, un tesoro del que sólo importa obtener el mayor provecho y la mejor utilidad. No puedo concebir que una de las delegaciones más empobrecidas, más marginadas, con tantos problemas, esté entre vaivenes y arrebatos como una preciosa joya, por culpa de esa gente. ¿Y sus habitantes? Que se chinguen, que sigan en el atraso, que sigan sin educación, que los sigan manipulando cada elección a través de despensas, de la ocupación ilegal de terrenos baldíos o áreas naturales para viviendas, de componendas, de cargos públicos, de ascensos. Que sigan siendo parte de la masa, pero no ciudadanos que piensen qué es lo mejor para ellos. Tanta politiquería me da asco, la detesto; tanta falta de interés en el bienestar y en el desarrollo de los iztapalapenses me repugna. Estoy seguro de que ni siquiera les importamos, que sólo quieren demostrar su fuerza política, que sólo desean tener más poder, que sólo piensan tener el control de un delegación más, que nada más buscan utilizar a la demarcación a favor de sus intereses, para hacer más relaciones, conseguir más adeptos y subordinados a través de la corrupción, para buscar un pastel más grande en la próxima elección.

Recuerdo que a Rafael Acosta lo conocí a finales de mayo de 2007, en un peculiar concurso de belleza organizado por Jesusa Rodríguez para conmemorar el Día Internacional de Acción por la Salud de las Mujeres y pedir la destitución del entonces presidente de la Comisión Nacional de Derechos Humanos, José Luis Soberanes. Todas las "misses" eran hombres, a Rafael Acosta le tocó representar a "Miss Mota", era el peor vestido y el más ridículo. Desde esa época datan sus atentados contra la estética y su simpatía por el mal gusto. Desde ese tiempo, el movimiento obradorista lo usaba para montar sus bufonadas que ahora ya no le parecen graciosas. De Brugada sólo tengo memoria de que en sus inicios en la negra política, hace más de siete años, vivía o tenía su centro de atención ciudadana a unas cuantas cuadras de mi casa, en la colonia Fuego Nuevo, cerca del Cerro de la Estrella. Muchas veces vi afuera de dicha vivienda un cartel con su gran cara sonriente.

Pero ya no quiero saber más de ellos.

Que el pinche Juanito y la fea de Clara Brugada vayan a chingar a otra parte, que vayan a andar de argüenderos lejos de aquí, que dejen de molestarnos. Ya estuvo bien de tantas pendejadas. Que se larguen con sus terribles chistes, con su malabarismo, con sus payasadas, con sus discursos de mierda, con su voz de pito, con sus sonrisas estúpidas, con su comedia, su farsa y circo de dos pesos.

¡Pobre Iztapalapa! No puedo concebir que sus habitantes lleguen a ser gobernados por un ignorante, un títere necesitado de atención, o por una argüendera que sólo ambiciona poder.

Que saquen sus sucias manos de nuestro territorio.

Que se vayan con su miseria.

Que nos dejen, ya no los quiero ver.

No los necesitamos, muchos ciudadanos podrían gobernar Iztapalapa mejor que ellos.

Y si no se van, soy capaz de juntar a unos cuates y sacar a patadas al tal Juanito (que además está desprestigiando el mote con el cual se le conoce a un buen amigo), de agarrar por las greñas mal rizadas y bien despeinadas a la Brugada esa.

Ya basta, por favor, no hagan caer a la política de México más bajo de lo que está.

No estoy enojado, estoy triste al ver tanta mediocridad de la clase política mexicana.

Estoy triste y lloro por esta Patria (algo que esas personas nunca van a poder sentir).

morel

sábado, 21 de noviembre de 2009

Libros que te hablan



Lo insinuaste, tomaste el libro, querías saber que podría pasar, te recostaste y con el volumen entre tus manos pensaste y te concentraste en lo que deseabas, en cuál sería el camino. Con tu cabeza sobre las páginas cerradas, te decidiste a abrirlo donde dictara el azar o el destino. Y sucedió:
"Las cosas no pueden quedar duraderamente detenidas, por eso sigue ahora el signo: La Evolución. Evolución significa progresar."
La respuesta te dejó satisfecho y quisiste saber qué más te podría decir el I Ching. Repetiste el procedimiento:
"Abajo, al borde de la montaña, sopla viento: la imagen del echarse a perder. Así el noble sacude a las gentes y fortalece su espíritu."
Otra vez lo hizo. No podías creer cómo atinaba a tus pensamientos, a tus sentimientos, al estado de ánimo. Nuevamente la concentración, el azar y el destino:
"La instalación de un Pozo necesariamente ha de ser revuelta con el tiempo; por eso sigue ahora el signo: La Revolución.
"La Revolución significa la eliminación de lo envejecido."
Esto ya no lo sentiste tan natural, tan instintivo. Lo intentaste nuevamente y fue la última porque la magia se había ido. Cerraste el libro con satisfacción por las respuestas que te dio el I Ching.

Revolución... revolución... Pensaste: ¿quién mejor para hablarte de ella que Francisco Ignacio Madero? Y te dirigiste a sus "Comunicaciones espíritas", tomas el libro, concentración, preguntas, deseos, la cabeza sobre el papel y de pronto lo abres y no ves nada que tenga que ver contigo, nada que te interese. Pero sigues buscando y encuentras en un rincón de la página estas palabras:
"¡Cuántas veces has estado a punto de conseguir el triunfo definitivo y sólo por falta de constancia, por falta de energía no lo has conseguido!"
Los libros te hablan, se comunican. No sabes qué pensar y sólo atinas a murmurar: "¿Por qué me dicen esto?"

lunes, 16 de noviembre de 2009

No estamos solos

Después de varias semanas que escribí el artículo "La cultura, en crisis", he recibido dos satisfacciones: la primera es que varias personas que considero importantes lo han leído, y la otra es que dos de ellas respondieron al texto: Marco Levario Turcott, director de la revista etcétera, y el escritor René Avilés Fabila, quien fue mi maestro de periodismo en la UNAM. Marco Levario tuvo la cortesía de contestar al artículo, expresar su opinión sobre éste e incluso corregirme un dato. René Avilés, por su parte, ocupó la información aquí publicada y se sumó a nuestra crítica sobre los miles de pesos que mensualmente reciben del erario (a través de becas del Conaculta) algunos escritores que no necesitan de ese dinero que bien se podría ocupar para otras áreas culturales a las cuales les urge el presupuesto.

Dice René Avilés Fabila en su artículo "Intelectuales pobres e intelectuales ricos", publicado en el periódico "La Crónica" el lunes 16 de noviembre, y que también se encuentra en su blog:
La educación y la cultura han padecido fuertes recortes. Es grave porque la primera es urgente para salir del atraso en que vivimos y la segunda porque México es un país de artistas notables. No todos los intelectuales son pobres, algunos reciben grandes cantidades de dinero del Estado, además, como un excelente añadido, no hay premio que dejen de recibir. Llega a ser aburrido que unos cuantos concentren en sus manos todos los reconocimientos, doctorados, viajes al exterior, premios y becas. A este respecto circula en Internet un interesante artículo, que además está en un blog firmado por L. Morel y Alba Z. En este trabajo documentado señalan el actual monto que cada becario a perpetuidad ha recibido en estos atribulados tiempos.
[...] Sabemos cómo se conceden las becas y llegan los privilegios a un puñado, lo que nadie entiende es la razón de que, en época de crisis, la educación pública y la cultura reciban severos cortes y los privilegios de unos cuantos sigan intocados. Lo llamativo es que ellos mismos insistan en que debe haber mayor apoyo a la cultura. ¿Para su mejoría o para que el reparto del dinero sea distribuido de manera equitativa que apoye a los jóvenes y no siempre a los afamados, muy ricos y que no necesitan el apoyo público? Los autores del artículo, concluyen que “de 1993 a la fecha, tan sólo estas seis personas han recibido del erario nacional una suma aproximada de unos 26 millones de pesos” y preguntan “¿Acaso necesitan ese dinero? ¿No es suficiente con lo que han acumulado?”, luego de multitud de premios, reconocimientos, ventas de libros y otros ingresos.

Me sumo a la pregunta.


Es una gran satisfacción saber que no hablamos al vacío en este espacio, que nuestras críticas son tomadas en cuenta por algunas personas, y es una doble satisfacción cuando esa persona es alguien que siempre ha ejercido, no sólo la creación literaria, sino la crítica y la docencia, alguien a quien en muchas ocasiones he referido como "mi maestro": René Avilés Fabila. Un gran saludo desde aquí.

jueves, 12 de noviembre de 2009

Vooy, vooy, tan grandote y tan llorón: la Tucita

Este es un homenaje a la Tucita: porque no he visto un actor infantil mejor que ella, porque me sigo riendo después de meses que vi “Los tres huastecos”, porque en esa película la pequeña María Eugenia Llamas se transformó, fue poseída por la Tucita, porque ya nadie se acuerda de ella, porque sólo estoy informado de que, ya avanzada de edad, la hacía de cuentacuentos para niños, porque ¿dónde estará? 



Porque para mí siempre será la Tucita –y así se quedará en la memoria–, en donde se encuentre le envío un gran saludo de admiración por ser la niña que hubiese querido tener de compañera en el jardín de niños… Aquí me despido, antes de que salten las lágrimas. 


“¡Vooy, vooy, tan grandote y tan llorón!”, diría ella. 


morel 

"Vooy, vooy, tan grandote y tan llorón"
    
"Soy hombre y voy a matar gente, ¡y primero a este viejo cochino!"      
"Dame la pistola para dormir tranquila"    
María Eugenia Llamas, cuentacuentos

lunes, 9 de noviembre de 2009

La idea de patria



Tengo una tendencia a comparar siempre nuestra realidad con el pasado. Tengo una obsesión por la historia porque sin ella no podemos entender lo que vivimos. Me encanta lo que ya fue, sentir los objetos antiguos entre las manos, tan curiosos, tan profundos y con tanta magia, como si ya los hubiera visto antes y los tuviera frente a mí una vez más; es fantástica la sensación de estar en pleno siglo XIX, de percibir o de vivir de nuevo a principios del 1900.

Además, lo confieso, soy nostálgico, adoro las fotos en blanco y negro de hace cien años, pienso que antes las cosas eran mejor: no había tantos automóviles, había varios lugares en la ciudad donde el agua era parte del paisaje, no éramos tantos sus habitantes, la contaminación del aire no era un problema grave, se podía llegar rápidamente a cualquier lugar.

Aclaro: no se trata de rechazar el progreso, sino de criticar su voracidad.

Pero no sólo eso. Antes había un proyecto de nación, había políticos dignos de elogiarse porque veían más allá de sus intereses y de planes inmediatos y efectistas, tenían altura de miras, una visión de futuro para este país, un amor por nuestra patria. Eso -lo hemos comprobado en por lo menos los últimos veinte años- se ha perdido. ¿Tenemos los gobernantes que merecemos? No lo sé. Pero parece que el mexicano ha perdido la esperanza en ellos. Estamos frustrados, desesperados, desilusionados, ya casi nadie piensa en un mejor porvenir. Y, claro, los políticos no tienen toda la culpa de eso, pero son una causa fundamental de que los mexicanos ya no creamos en este país -y algunos ni en sí mismos-, porque después de décadas, de sexenios, de años aguantando y pensando que algo va a mejorar, una cosa pequeña por lo menos, no, nada, todo sigue igual. Cambia la apariencia, pero en el fondo todo permanece, y fundamentalmente persisten dos problemas: la falta de educación y la mala distribución de la riqueza que provoca la desigualdad, factores que llevan a la pobreza económica y a la pobreza de espíritu.

Ambos temas son importantísimos para México y no se han querido tocar en años, son estructuras que perviven sin un cambio, alguna reforma, una nueva visión, lo cual no ha permitido que el país evolucione en algún sentido. Se necesita un vuelco en el país, pero como en el gobierno no se ve la intención ni la voluntad para hacerlo, se habla de una revolución inminente (y hasta necesaria), de un estallido, porque parece que los mexicanos sólo así podemos avanzar, por medio de cambios bruscos, repentinos y agresivos, revoluciones que hagan entender a los que dirigen este país que ya estuvo bien de esperar una transformación que nunca llega.

Hace casi cien años, Martín Luis Guzmán escribió:
Vano sería buscar la salvación en alguna de las facciones que se disputan ahora, en nuestro territorio o al abrigo de la liberalidad yanqui, el dominio de México; ninguna trae en su seno, a despecho de lo que afirmen sus planes y sus hombres, un nuevo método, un nuevo procedimiento, una nueva idea, un sentir nuevo que alienten la esperanza de un resurgimiento. La vida interna de todos estos partidos no es mejor ni peor que la proverbial de nuestras tiranías oligárquicas; como en éstas, vive en ellos la misma ambicioncilla ruin, la misma injusticia metódica, la misma brutalidad, la misma ceguera, el mismo afán de lucro; en una palabra: la misma ausencia del sentimiento y la idea de la patria. (en La querella de México, 1915).

¿Coincidencia con el México del siglo XXI? Más bien falta de memoria, ausencia de voluntad para cambiar lo que se señala, o ya sabemos, que está mal.

No sabemos qué pasará, a veces pensamos que tal vez sólo así podamos avanzar; luego volvemos a la historia y vemos que en una revolución son muchas las vidas perdidas, altísimos los costos que se pagan, muchos los sufrimientos. Y entonces meditamos otro camino. Pero uno se cansa y no ve para dónde. No sé qué vaya a pasar, pero esperemos que sea lo mejor para todos.

morel

domingo, 18 de octubre de 2009

Tienes razón: la nostalgia

Afirma la casi desconocida filósofa mexicana Adriana Yáñez (fallecida el pasado 21 de abril): 
¿Qué entendemos por nostalgia? En griego, nostos significa “regreso”. Algos se refiere al “sufrimiento”. La nostalgia es el sufrimiento causado por un hecho concreto: el no poder regresar. En portugués, Fernando Pessoa nos habla de saudade. En inglés decimos, homesickness. En alemán, Heimweh. En español, además de la palabra de origen griego “nostalgia” empleamos también la palabra “añoranza”, que proviene del verbo “añorar” y que a su vez tiene su raíz en el verbo catalán enyorar, derivado del latín ignorare (que significa “ignorar”, no saber algo). Siguiendo esta etimología, la nostalgia se nos revela como el dolor de la ignorancia. Estoy solo. Estoy lejos. Siento dolor. No sé lo que sucede en mi país, con la persona amada, con el pasado que he dejado atrás. Soy un aventurero o un exiliado. Un soñador en busca de la Edad de Oro o un ángel condenado que recuerda el paraíso perdido. En francés también se emplea la palabra nostalgie, pero no hay verbo. No hay manera de decir “te añoro”, “te extraño”. Hay que recurrir a formulas más frías como je m' ennuie de toi (te echo de menos) o tu me manques (me haces falta). Lo interesante aquí es la palabra ennui (aburrimiento), tan popular a partir de Baudelaire, quién a su vez tuvo que recurrir a la palabra inglesa spleen, para tratar de definir ese malestar, esa sensación de carencia y de vacío. En Alemania se emplea muy pocas veces la palabra “nostalgia” en su forma griega y lo más frecuente es decir: Sehnsucht: búsqueda o deseo de lo que está ausente. Debemos subrayar que la Sehnsucht puede aludir tanto a lo que fue como a lo que nunca ha sido, es decir, tanto al pasado como a aquello que todavía no conocemos. Para incluir la idea de nostos o de “regreso” hay que añadir algo: Sehnsucht nach der Vergangenheit (nostalgia del pasado), nacht der verlorenen Kindheit (nostalgia de la infancia perdida) o nacht der ersten Liebe (nostalgia del primer amor). 

[...] La nostalgia es recuerdo, imaginación y creación. El recorrido es por dentro. Es el viaje alrededor de la alcoba; el viaje erótico, pero también el camino del arte y de la memoria colectiva. La posibilidad del lenguaje se da en la sábana en blanco, como la página en blanco, con el placer y sus silencios, con el dolor y su verdad. Es la interiorización de la experiencia poética. Un viaje que nos acerca a lo más íntimo, a lo más profundo, a lo más originario de nuestro propio ser.

Creemos que eso es lo que sentimos...

jueves, 15 de octubre de 2009

Aclaración necesaria

Dirán ustedes (hablamos en plural porque suponemos que por lo menos contamos con dos lectores): éstos cuates ya la agarraron de coto con los emblemas de la suave patria, con los personajes intachables, con los escritores que han traído la gloria a México. Sin embargo, no nos mueve eso, no somos tan maliciosos. O tal vez sí (uno no sabe lo que su inconsciente planea), pero advertimos que tenemos otros intereses y poco tiempo.

Pensarán que, como toda generación que surge (en nuestro caso, la generación está conformada por dos personas y los que se quieran sumar), queremos cometer parricidio, matar a los padres para quedarnos en su lugar... Nada de eso, en todo caso asesinaríamos a nuestros abuelitos, porque la verdad estas señoras y estos señores de quienes hemos escrito ya van de salida. ¿A quién vamos a destruir? Parece que somos huérfanos, no podemos acabar con nadie porque no hay quién.

No nos digan que Jorge Volpi, que José Agustín, que Laura Esquivel, que Ángeles Mastretta... Antes, la literatura mexicana tenía verdaderos padres, desde Manuel Gutiérrez Nájera, Justo Sierra, Amado Nervo y Ramón López Velarde, hasta Martín Luis Guzmán, José Vasconcelos y Alfonso Reyes, después a los "Contemporáneos" como Xavier Villaurrutia y Salvador Novo, luego vinieron Octavio Paz, Augusto Monterroso, Juan José Arreola y Juan Rulfo, después Sergio Pitol, Carlos Fuentes y Salvador Elizondo, pero posterior a esta última generación se empezó a perder la paternidad porque no hubo una figura o un grupo que destacara por su calidad y su diferencia frente a la anterior. Los últimos que lo intentaron fueron los del "Crack" pero no tuvieron mucho éxito.

Pitol describe el espíritu de los "nuevos" tiempos: "... El panorama se ha modificado. Esa misma mentalidad pareció de repente hastiarse de exaltar lo nacional y sus signos más visibles; dice haberse modernizado, descubre el placer de sentirse cosmopolita, pero aunque el ropaje parezca diferente en el fondo es la misma. La vanguardia le ha repugnado siempre..." ("Ya no saben quiénes son", en El mago de Viena).

Ahora ya nadie se asocia para crear un movimiento de renovación, para dialogar, construir o criticar; sólo se dan casos aislados que sacuden el ambiente artístico, como Daniel Sada o Roberto Bolaño. De ahí en fuera, nada. Parece que tiene que suceder un temblor que haga caernos al fondo para después despertar, levantarnos de las ruinas.

En fin, todo esto era para aclarar que no es una lucha personal ni de odio frontal contra ciertos personajes (o al final, tal vez sí), nada más que nos apasiona la crítica, la polémica, pero antes que todo nos importa la cultura.

miércoles, 14 de octubre de 2009

La cultura, en crisis

Ya estamos de regreso, y volvemos con uno de nuestros temas predilectos, incluso, se podría decir, una obsesión. En 1908, Francisco Ignacio Madero escribió en un par de meses su análisis sobre la situación de México que a la vez le sirvió de programa político y de lucha electoral: La sucesión presidencial en 1910. Escribir un libro en unas cuantas semanas sólo denota el carácter de su autor: padece de obsesión. Nosotros, lo confesamos, somos unos obsesivos sin remedio. Y por eso estamos aquí de nuevo.


¿Cuántas veces hemos oído que los intelectuales piden más apoyo para la cultura, que se alzan con la bandera de darle más presupuesto a las artes? Ante la debacle financiera nacional, son frecuentes sus llamados a no sacrificar el dinero para actividades como el teatro, la música o las artes visuales.

Sin embargo, después de una crisis económica viene lo inevitable: el recorte del presupuesto federal a las instituciones culturales y a los encargados de difundirla y hacerla llegar al público. El gobierno mexicano no es la excepción a este principio que pone en último lugar de las prioridades de gasto al sector cultural, pues en su proyecto de gastos para 2010 pretende recortar un total de 25 por ciento de lo destinado a la cultura en 2009 (13 mil millones), es decir, sólo erogará para este rubro 9 mil 700 millones de pesos. El Conaculta será el más afectado, al rebajarle el 38 por ciento de su presupuesto, después le sigue el INBA con el 25, y el INAH con el 12. Así, disminuirá drásticamente el apoyo al cine, al teatro, la danza y la música nacionales, así como a los proyectos de investigación y difusión culturales.

Los que no se verán afectados son los sindicatos y los "creadores" de renombre que viven del erario nacional.

Los intelectuales mexicanos se han instituido en paladines de la cultura, hablan en nombre de ella. El gobierno de Carlos Salinas de Gortari, para quedar bien con ese grupo, estableció el Conaculta, el Sistema Nacional de Creadores y un programa de becas que ha otorgado cantidades muy grandes de dinero a personajes que no lo necesitan, aunque lo merezcan.

Nos parece una falta de ética y de congruencia que esas personas que son mantenidos en parte por el erario, sean de las primeras en defender el presupuesto para la cultura. ¿Qué pasaría si ellos, en un acto de generosidad, dejaran de recibir sus becas de "creadores eméritos" para dárselas a grupos de danza, a películas que lo necesitan o a compañías de teatro? Diríamos que les importa la cultura de México y no sólo llenar sus bolsillos y acumular dinero.

Según la consulta que hicimos al Conaculta por medio del Instituto Federal de Acceso a la Información, el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes entrega desde el 1 de diciembre de 1993 parte de su presupuesto a escritores como Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez (nacido en Colombia), Elena Poniatowska, Carlos Monsiváis, José Emilio Pacheco y Sergio Pitol. El monto al inicio era de 8,676.20 pesos mensuales para cada uno; para julio de 1999 ya era de 13,560 pesos y dos meses después subió a 15,870; en noviembre de 2000 aumentó a 22,740; en enero de 2007 a 30,342, para quedar hasta octubre de 2009 en 32,816 pesos.

Tabla de los montos mensuales recibidos por cada una de las seis personas de 1993 a 2009




Si hacemos cuentas, desde diciembre de 1993 a la fecha, tan sólo estas seis personas han recibido del erario nacional una suma aproximada de 23 millones de pesos. Al terminar el 2009, esas mismas personas habrán de recibir 2 millones 362 mil pesos. Definitivamente, es una cantidad que se podría ocupar para asuntos que lo requieran y no para intelectuales y escritores que ganan los miles por conferencias, premios, reconocimientos, ventas de libros y otros ingresos, como Fuentes, García Márquez y Poniatowska. ¿Acaso necesitan ese dinero? ¿No es suficiente con lo que han acumulado?

Sería un acto de patriotismo el que alguno de esos seis personajes fuera congruente consigo mismo y donara ese dinero que le otorgamos los mexicanos a proyectos que están urgidos de recursos financieros. Tal es la situación del Ballet Teatro del Espacio, con una trayectoria de 43 años y que necesita de 253 mil pesos para seguir con sus funciones. Un caso más vergonzoso es el de la notable pianista María Teresa Frenk, quien advirtió que el desarrolló cultural en México está en riesgo, y ante la nula idea del gobierno acerca del valor de la cultura, tuvo que renunciar a la Coordinación Nacional de Música y Ópera del INBA. Dejó su cargo porque el presupuesto no llegó de forma suficiente a su área, después del recorte no estaba dispuesta a seguir pidiendo a los músicos que trabajaran gratis ni a poner más dinero de su propio bolsillo. Dicha coordinación tiene un presupuesto de 7 millones de pesos, para llevar a cabo sus actividades requería de 800 mil pesos más y Teresa Frenk desembolsó por voluntad propia 300 mil pesos aparte.

Este último caso es más que ilustrativo acerca de para qué podrían servir los más de 2 millones que reciben al año los seis intelectuales mexicanos que siempre han acusado a aquellos que viven de los salarios que les da el gobierno en turno.

El gobierno actual no logra captar el valor que tiene la cultura para el desarrollo de una nación, para darle cohesión e identidad frente a un mundo globalizado.

No se equivoca la pianista Frenk al afirmar que la cultura es de las pocas cosas exportables de México y que es una forma de que los niños y jóvenes no caigan en la delincuencia ni en la drogadicción.  Ya lo había dicho Justo Sierra (¿qué ha ocurrido con esos hombres?) en su discurso de inauguración de la Universidad Nacional de México en 1910: la educación y la cultura son una forma de unificar a la patria y encauzarla hacia el progreso. Después, en 1915 Martín Luis Guzmán expresó en La querella de México: "El insigne Justo Sierra, espíritu generoso, y maestro no tan soñador como lo quiere su fama, nos insinuaba a menudo que si era muy importante el problema económico de México, no lo era menos nuestro problema educativo". Han pasado casi cien años ¿no hemos entendido?

jueves, 6 de agosto de 2009

Una generación en decadencia


¿Qué les dice esta imagen? La semiótica nos puede ayudar. En cuanto al plano denotativo, es decir, lo que podemos observar a simple vista, encontramos que son tres adultos mayores o ruquitos, una mujer vestida de rojo a la izquierda y dos hombres que portan ropa formal a su lado derecho. La dama sonríe hacia el público que aplaude una tarde en la sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes en la ciudad de México, esto el domingo 28 de julio de 2009. El hombre de enmedio, el homenajeado y motivo de esa reunión, usa lentes y un saco gris, cabello corto (no muy despeinado), semicanoso, es más alto que sus dos acompañantes. El de la extrema derecha frunce el ceño, aprieta los ojos a pesar de llevar lentes, es un poco rechoncho, totalmente canoso, el coco le brilla, está casi calvo. Las tres caras abundan en arrugas.

Los personajes de la fotografía de María Luisa Severiano (publicada en la contraportada de La Jornada del 29 de junio), parecen interrogarse "¿Qué hacemos aquí? ¿Por qué tanto alboroto?". Periodistas y escritores famosos, Elena Poniatowska Amor, José Emilio Pacheco Berny y Carlos Monsiváis Aceves, se muestran desconcertados. La Poniatowska, como princesa roja, se ríe sin saber la causa, su boca expresa un gesto forzado que provoca un rostro donde se delinea y realza cada arruga, una risa desconfiada, como diciendo "ni estos cuates ni yo sabemos qué se traen". Pacheco tiene cara de hastío, de que está cansado, viejo y cansado, harto de tantos homenajes, de esa fama que hace que todos lo conozcan al verlo pero que no hayan leído su obra. Monsi está totalmente extrañado, hasta furioso se podría decir, lo han aislado del grupo y ya se quiere ir a su casa de Portales, la instantánea lo captó en el momento de su puchero y parece que está pronto a echarse a llorar como una niñita.

La imagen tal vez sea un buen recuerdo para estos tres viejos amigos de oficio. Para nosotros sólo representa la imagen de una generación en decadencia que nació en la década de los treinta del siglo pasado. (Aquellos años se oyen muy remotos, se pierden en la memoria. ¡Hace tanto tiempo ya!) Entonces todo era blanco y negro, apenas había nacido la radio y la televisión aún estaba en experimentos, el Colegio de San Ildefonso albergaba a la Escuela Nacional Preparatoria, se viajaba en tranvía, a la ciudad de México podías atraparla en el puño de la mano, era transitable, podías recorrerla a pie... Era el valle metafísico de Alfonso Reyes y la región más transparente del aire. Nada de eso queda, casi todo lo hemos perdido: "Se acabó esa ciudad. Terminó aquel país. No hay memoria del México de aquellos años. Y a nadie le importa: de ese horror quién puede tener nostalgia", dice justamente José Emilio Pacheco, el único de los tres amigos que sigue escribiendo poesía, que no ha parado de hacer literatura, los otros siguen con lo mismo que han hecho desde hace cuatro décadas. Elenita quiso imitar su trabajo de La noche de Tlatelolco, copiarse a sí misma en Amanecer en el zócalo; sacó un Jardín de Francia, notas periodísticas de los cincuentas sobre su tierra natal, un libro descuidado y con textos sin la menor importancia, que sin embargo le publicó el Fondo de Cultura Económica; Era le editó sus juguetonas Rondas de la niña mala sacadas del baúl de los recuerdos; y escribió Boda en Chimalistac, muy bonito, sobre unos árboles que se casan. De Monsiváis sólo hemos visto su recuento del 68 y su libro sobre Pedro Infante, es decir, sigue en las mismas. De ellos dos podemos ver artículos en los periódicos, algunos ininteligibles, otros cursis y sin fundamento, además de sus cápsulas en Televisa (a la que tanto odian), que en suma no aportan nada porque se repiten a sí mismos. A fin de cuentas, no encontramos nada notable.

¿Qué haremos cuando estos personajes ya no estén, a quién le vamos a rendir homenaje? Elena acaba de cumplir 77 años, Monsiváis 75 y Pacheco 70 (a pesar de ser el más joven o el menos viejo, se le vio muy enfermo, se quejó de que tenía que asistir al hospital y hasta necesitó del apoyo de un bastón para caminar). Carlos Fuentes ya pasa los 80 años, Sergio Pitol anda en los 76 y se le ha visto enfermo también. Es decir, quedan pocos años para que dejen este mundo nuestras glorias nacionales que son parte de una generación que hizo cosas buenas, aunque no destacó tanto como su antecesora: Alfonso Reyes, Julio Torri, Juan José Arreola, Juan Rulfo, Octavio Paz, Martín Luis Guzmán, José Vasconcelos, Jesús Urueta, además de Augusto Monterroso, quien fue puente de dos generaciones. Los que siguieron a los nacidos en los 30, los de los años 50 del siglo pasado tampoco han hecho mucho, algunos ni siquiera los conocen: son José Agustín, René Avilés Fabila y no sé quién más. Después siguió el fenómeno editorial y de marketing llamado "Generación del Crack", de la que sólo se salva Jorge Volpi, los otros son su círculo de amigos y aduladores. (Además, en las letras mexicanas destacan vivos: Daniel Sada, David Toscana, Cristina Rivera Garza y el jovensísimo Tryno Maldonado. Es cierto, nos faltaron varios por mencionar -Elizondo, Ibargüengoitia, Garibay, Bolaño, del Paso-, pero eso no es asunto de este artículo.) ¿Y luego? No sabemos quién seguirá.

Insistimos: ¿Qué vamos hacer cuando se vayan?: Tomar su lugar...

viernes, 17 de julio de 2009

La pulquería

Tantos buenos recuerdos

El cronista Héctor de Mauleón escribió:
En el siglo XVI, la manera de beber de los mexicanos escandalizó al cronista Juan Suárez de Peralta: “No creo que haya nación en el mundo que tanto se emborrache; porque no beben por sólo satisfacer el gusto y la sed, sino hasta caer, y hay indio que se bebe cuarenta reales de vino de una vez, y por beber más, cuando les parece no pueden más, meten los dedos en la boca y lanzan lo que han bebido para volver a beber más”. Varios siglos más tarde, el médico porfiriano Fernando Ponce lamentó el cuadro que presentaban las calles de México, saturadas de ebrios derrumbados sobre las aceras, y de borrachos que exhibían sus cuerpos hinchados en cualquier esquina. En 1911, desesperado ante la nutrida corte de militares, policías, comerciantes, empleados y “hasta mentores de la niñez” que a causa de la bebida llegaban diariamente a las cárceles y los hospitales del porfiriato, entregó a la imprenta de Murguía un tratado sobre El alcoholismo en México. [...] Pensamos en el porfiriato como en la hora dorada del coñac, y de las tardes verdes del ajenjo. En uno de sus mejores capítulos, sin embargo, el tratado aborda la presencia del pulque en la vida diaria mexicana: la costumbre de comer con pulque y de prolongar la sobremesa bebiéndolo; la costumbre de destetar a los niños con éste, bajo la creencia de que a sus poderes nutricios sólo les faltaba “un grado para ser carne”. “Pulque”, según el libro, era una de las primeras palabras que se incorporaba al léxico de los mexicanos; “pulque” era lo que se le suministraba a los niños cuando estaban pálidos y descoloridos; “pulque” era lo que recetaban las madres experimentadas a los críos que lloriqueaban o no querían dormir. El pulque estaba al alcance de la mano a toda hora del día. Ponce detectó innumerables casos de mujeres de clase media que llegaban al crepúsculo en completo estado de embriaguez y, por temor a ser mal vistas, se refugiaban en sus habitaciones “con fútiles pretextos”. Mujeres que al día siguiente volverían a disimular “sus libaciones so pretexto del calor o la sed”.

Fieles a la tradición, junto con la famosa banda pesada de los barrios del Nopalar, del Escozor y de los Quevedos (también conocidos como los "Quebeben"), es decir, lo más picudo del valiente estado de Guerrerro, un día de esos que se llaman gloriosos, nos encaminamos, después de unos buenos mariscos en Chicoloapan de los Altos Topes, hacia la ruta del pulque. A pesar de ser conocida la afición de los guerrerenses por el mezcal y el tepache, así como por la cerveza, esta vez decidimos probar suerte con la bebida de los dioses. En el pueblo de Coatepec encontramos una jornada de fiesta que no pudimos evitar (nosotros que ya veníamos picados) y vimos con las puertas abiertas, casi incitándonos a entrar, empujándonos hacia sus fauces, una pulquería que en ese momento se animaba con el rock de El Tri.

Antes de entrar al aposento nos percatamos de la existencia de un barril estilo "Chespirito", donde cualquiera que tuviera la gracia de imitar al Chavo del ocho podría hacerlo sin dificultades y con el mínimo esfuerzo que implica exhalar un "pi pi pi pi pi", seguido de la acción de frotarse los ojos llenos de lágrimas y refugiarse en el depositario de su tristeza, es decir, el consabido barril. Justamente en el umbral de acceso a la pulquería nos pareció ver (como diría Piolín) unos vitroleros que parecían contener aguas frescas, cosa que pronto descubrimos como una inocente ilusión, pues la bebida era más bien nuestro pulque tan anhelado.

Como decía, arribamos al recinto del agave, un local pintado todo de blanco que aparentaba higiene, con un baño guacareado que denotó lo contrario hasta que el gerente de la pulquería se dispuso a limpiarlo. Nos enfrascamos en charlas y cantaletas propias de nuestro grupo, pero más que nada nos dedicamos a libar y darle gusto al paladar, a la garganta y al placer etílico con pulques de los más diversos sabores, colores y olores, desde mamey hasta avena, de piña a coco y de fresa a nuez... Empanzonados, medio ebrios y con la alegre indiferencia que provoca saber que era domingo y al otro día teníamos que ir a trabajar, decidimos organizar un concurso para honrar a nuestros antepasados, reafirmar nuestra identidad y expresar con orgullo que también tenemos historia. Consistió en imitar una famosa fotografía de unos tiernos pulqueros, cuya autoría y fecha son desconocidas, aunque se sabe que fue tomada en los tiempos que va de la decadencia del Porfiriato a los inicios de la Revolución mexicana (1905-1915). El certamen contó con la participación de todos los convivados y los ganadores se llevaron un regalo sorpresa que fue disfrutado a más no poder. Después de un gran esfuerzo histrónico y de una actuación de calidad excelsa, el resultado (incuestionable y admitido de manera unánime por el prestigioso jurado) fue el siguiente:

Concurso: "Clásicos de ayer y hoy"

Encuentre las diferencias




El premio de los afortunados ganadores


Después del concurso y de la entrega del premio a sus respectivos merecedores, nos retiramos de la ya afamada pulquería, no sin antes prometer bajo palabra de honor que regresaríamos para disfrutar nuevamente de la llamada -con toda razón- "bebida de los dioses" y de sus consecuencias, que con extremado gusto y con la frente en alto aceptaremos como si fuera la primera vez.