martes, 19 de enero de 2010
¿dios o la naturaleza?
Y aunque cada individuo es dueño de su destino, con frecuencia aseguramos que la culpa de nuestros males es dios o la naturaleza.
Haití, 12 de enero de 2010
¿Quién es más poderoso?
¿dios o la naturaleza?
¿puede dios contener la fuerza de la tierra, del agua, del viento?
¿puede la naturaleza impedir los castigos del señor?
¿dios o la naturaleza?
¿puede dios contener la fuerza de la tierra, del agua, del viento?
¿puede la naturaleza impedir los castigos del señor?
yo creo más en la naturaleza, creo que le gana a dios
creo que, al fin y al cabo, el ser humano siempre pierde porque no sabe con quién negociar.
viernes, 15 de enero de 2010
1910-2010
"No un rumor, sino un temblor, pareció prolongar aquel grito."
Martín Luis Guzmán, La sombra del Caudillo
Martín Luis Guzmán, La sombra del Caudillo
Llegó el año del centenario de la Revolución mexicana: 2010, una fecha que se toma como predestinada para un cambio en nuestro país. No sabemos en qué sentido, pero los ánimos se enardecen y se habla de otra revolución, de armas y violencia.
Y claro, hay razones para pensar en ello. Sucede que México está estancado en un camino sin destino claro. Nadie sabe hacia dónde vamos. No hay una idea de país, un ideal de cómo (re)construir México. Parece que eso quedó en el pasado, en el México que concibieron los liberales de la Reforma, en el que construyó Porfirio Díaz, en la nación por la que lucharon los hombres de la Revolución, en el país que se forjó en la primera mitad del siglo XX.
Pero hace varias décadas que no hay una nueva propuesta de México en la cual creer, para que unidos nos dirijamos hacia esa meta, hagamos todo para lograr ese gran fin que nos saque del letargo y -aunque suene cursi- enfoquemos toda nuestra energía para llegar al destino que nos hemos planteado. El filósofo Guillermo Hurtado habla de que hemos perdido nuestro sentido de existencia colectiva como nación, y habría que agregar que algunos de nosotros, en este ambiente sombrío, también hemos perdido nuestro propio sentido de existencia ante la falta de expectativas, ante los esfuerzos frustrados, ante la voz que cae en el vacío: sólo hay dudas, incertidumbre y miles de preguntas. Ya no creemos en el futuro, hemos perdido la confianza de alcanzarlo, de controlarlo. Para otros más, la vida, simplemente, no vale nada, como cantó José Alfredo Jiménez.
Sobre nosotros aun cae la "vieja lágrima" que brotó hace muchas generaciones, como escribió Luis G. Urbina:
[…] Y no soy yo: son los que fueron;
mis genitores tristes; es mi raza;
los espíritus apesadumbrados,
las carnes flageladas;
milenarios anhelos imposibles,
místicas esperanzas,
melancolías bruscas y salvajes,
cóleras impotentes y selváticas.
Hay desesperanza en el ambiente. Lo notamos a diario: "Así no se puede... pero qué le vamos a hacer", "Es imposible", "Siempre es lo mismo", "No puede ser". ¿Y qué pasa con esos comentarios? Nada, pero seguramente pasará algo.
México está herido. ¿Habrá quienes que crean en el destino que nos sugieren las fechas de nuestra historia? ¿El 2010 nos traerá violencia? Alguna vez escuché que los mexicanos somos como un león agazapado, que resiste, espera, aguanta hasta el momento preciso para atacar, para quitarse los obstáculos y avanzar de nuevo. ¿Será?
* * *
Felipe Calderón se adelantó a calmar los ánimos insurgentes, los que llaman a un movimiento armado como el que ocurrió hace cien años. Teme que tanto inconformismo, tanta desigualdad y pobreza, tanto rencor guardado por décadas, tanta gente que no tiene nada que perder, provoquen un estallido que acabe con su gobierno. Por lo tanto, se apropió de la revolución y pretende encauzarla.
"Es hora de detonar las profundas transformaciones que requiere nuestro país para consolidarse como nación democrática y equitativa; la nación independiente por la que lucharon Hidalgo y Morelos, la nación democrática y justa por la que lucharon Madero, Zapata y miles de revolucionarios", afirmó Calderón el pasado 20 de noviembre en la explanada Francisco I. Madero de Los Pinos, donde los panistas han conmemorado, desde su llegada al poder, cada aniversario del inicio de la Revolución mexicana. 2010 es el año de la recuperación económica, comentó hace unos días, aunque en su boca se oye como una falsa esperanza.
Así las cosas, este año -según Calderón- no será para revueltas ni violencia (exclusiva del narcotráfico), sino de transformaciones pacíficas, tan profundas que tendrán la intensidad de una gloriosa revolución, y como tal será grabado en la historia de México.
Por su parte, el escritor Carlos Fuentes, en vísperas de los centenarios, llamó a la renovación nacional, se pronunció a favor de que, a diferencia de los últimos dos siglos, este año diez no traiga consigo un estallido de violencia. "Vamos a movernos, pero yo espero que no sea un movimiento violento. […] Espero que le demos prioridad a la educación, a la justicia, al pluralismo, ante un país muy dividido, con estructuras políticas muy endebles, con partidos políticos nada confiables, con personalidades públicas menos que confiables". En el mismo sentido, Enrique Florescano, historiador, expuso: "Nuestro estado es reproductor de desigualdad. […] Su ineficacia lo ha hecho perder legitimidad ante los ciudadanos"; una visión representativa de esta época, y más aún cuando la complementa con su resignación (¿conformismo, pereza, indiferencia, desesperanza, frustración, desengaño?): "Del Estado sólo podemos esperar que sea lo menos malo posible, pero que sea".
Y como colofón, el Poder Judicial de la Federación transmite desde hace varias semanas un anuncio en radio, bajo la misma línea que el gobierno federal, en el que fija su posición frente los centenarios de 2010. Carente de originalidad, en un tono cursi e inverosímil, el audio termina con una voz que advierte: "Debemos transitar por el tranquilo caudal de la paz, para encontrar el ancho mar de la justicia". ¿Así o más ridículo y pretencioso? ¿Será efectivo el mensaje? No imagino a alguien que, pensando en la posibilidad de tomar el camino de la violencia o apoyar un movimiento armado, reconsidere su propósito y haga caso a los consejos del justiciero Poder Judicial.
* * *
En el año del Bicentenario del inicio de la Independencia y el Centenario de la Revolución, el gobierno federal ha demostrado su incapacidad para conmemorar actos de tal magnitud, no tiene idea de lo que significa. La comisión creada especialmente para organizar los festejos ha cambiado varias veces de dirigente; el arco del bicentenario no es tal, es una torre sin chiste, un palo que será clavado sobre Paseo de la Reforma sin que nadie se sienta identificado con él; los festejos de los gobiernos estatales van desde la creación de la famosa papa "Corregidora" hasta carnavales, nadie reflexiona en realidad sobre qué significan los procesos que ha vivido México, sólo se unen al despilfarro a favor de la patria, a la faramalla que resulta de gastar el presupuesto en actos meramente efectistas, sin entender qué debemos conmemorar en 2010.
Las autoridades no tienen aprecio, no valoran realmente la historia mexicana, parecen ajenos a ella. El gobierno federal pensó una campaña francamente ridícula, llamada "Orgullosamente mexicanos", de la cual recuerdo a unos niños con la playera de la selección mexicana de futbol y un balón en las manos, muy alegres, muy sonrientes, dicen que todos debemos celebrar el nacimiento de nuestro país y sentirnos orgullosos de ser mexicanos. ¡¿Eso significa para las autoridades la independencia de México?! ¿Esa es su interpretación del proceso histórico que ha vivido el país en 200 años? Qué mediocre, la verdad; qué limitados e ignorantes.
Podemos sugerir una causa de esa indiferencia: el Partido Acción Nacional no se identifica con la Revolución, no se asume como producto de ella (tal es el caso del PRI), no tiene nada qué agradecerle ni nada qué celebrar por sus 100 años. Al contrario, se considera su víctima, pues ese partido desde sus inicios fue respaldado por gente adinerada -como los hacendados que fueron despojados de sus grandes propiedades con el reparto agrario- y por la jerarquía católica, afectada por el laicismo de los revolucionarios, que la llevó a encabezar un movimiento armado conocido como la guerra cristera.
Nada comparado con lo que hizo hace un siglo Porfirio Díaz, cuando México ya era reconocido internacionalmente y tenía el prestigio de ser una nación en pleno desarrollo. Entonces se hizo el Ángel de la Independencia, se publicó la excelente antología de literatura mexicana escrita en el primer siglo de vida independiente, se fundó la Universidad Nacional. Tres grandes acciones, de entre muchas otras, que no han perdido vigencia y aún forman parte de la identidad de México. Este 2010 no se ve algo que pueda llegar a ese nivel.
Si queremos conmemorar los 200 años de independencia y los 100 de la revolución, por qué no honrar los festejos con el objetivo de recuperar la buena imagen de México ante el mundo, por qué no acabar con la impunidad y los privilegios de los políticos, con sus gordas quincenas, con el despilfarro del erario, por qué no disminuir en realidad la pobreza, la injusticia, por qué no impulsar un nuevo y eficiente proyecto educativo (con perdón de la Gordillo).
Y desde aquí propongo una sola propuesta que es viable y relativamente fácil de llevar a cabo: un complejo de cines que se dedique de manera primordial a la difusión del cine nacional y latinoamericano; apuesto que todos lo celebrarían, incluso los demás países de América, quienes tienen el mismo problema que México en cuanto a la nula distribución de sus películas en los cines comerciales, cuyas carteleras son acaparadas por la cintas hollywoodenses. Un espacio para la exhibición de nuestro cine es vital y necesario, puede ser un buen negocio e incluso sería causa de elogio.
* * *
Hace tiempo Octavio Paz hablaba de la falta de cultura política de los mexicanos para evitar que los cambios necesarios se hicieran por medio de la fuerza y la violencia; decía que para lograr una transformación es preferible tener una conciencia ciudadana para organizarse y luchar por medios institucionales. Actualmente, esto se ve muy difícil.
Porfirio Díaz afirmaba lo mismo antes de la revolución. En 1908 expresó que México estaba listo para la democracia: "He esperado pacientemente el día en que el pueblo mexicano esté preparado para escoger y cambiar a sus gobernantes en cada elección, sin peligro de revoluciones armadas, sin atentar contra el crédito nacional y sin estorbar el progreso del país. Creo que este momento ha llegado…".
Francisco Ignacio Madero, después de ganar la revolución y llegar a la Presidencia de la República, instó a seguir la transformación en la arena política, por la vía pacífica e institucional, ya no por las armas, llamado que poco influyó en los que lo derrocaron y asesinaron 18 meses después.
Después de años de sangre y violencia por el poder, de la muerte de Venustiano Carranza y Álvaro Obregón, llegó Plutarco Elías Calles a decir que ahora sí era tiempo de acabar con el caudillismo, que México debía encauzar sus ánimos por medio de las instituciones, que ya no debía intentar la vía armada para transformarse a sí mismo. Pero han pasado ya cien años desde la Revolución mexicana y ¿qué hemos logrado? ¿Por qué no podemos decir con seguridad que no habrá un estallido social? ¿Por qué se piensa en la Revolución nuevamente? Porque todo sigue igual en el fondo.
En 1915, un escritor y periodista que vivió la revolución, Martín Luis Guzmán, expresó:
[…] No cabe duda de que el problema que México no acierta a resolver es un problema de naturaleza principalmente espiritual. Nuestro desorden económico, grande como es, no influye sino en segundo término, y persistirá en tanto que nuestro ambiente espiritual no cambie. Perdemos el tiempo cuando, de buena o mala fe, vamos en busca de los orígenes de nuestros males hasta la desaparición de los viejos repartimientos de la tierra y otras causas análogas. Éstas, de gran importancia en sí mismas, por ningún concepto han de considerarse supremas. Las fuentes del mal están en otra parte: están en los espíritus, de antaño débiles e inmorales, de la clase directora; en el espíritu del criollo, en el espíritu del mestizo, para quienes ha de pensarse en la obra educativa. […] He querido poner de manifiesto el dato interno que apunta por entre la maleza de conceptos fragmentarios que han informado nuestra vida política doctrinal: padecemos penuria del espíritu.
No soy escéptico respecto de mi patria, ni menos se me ha de tener por poco amante de ella. Pero, a decir verdad, no puedo admitir ninguna esperanza que se funde en el desconocimiento de nuestros defectos.
Nuestras contiendas políticas interminables; nuestro fracaso en todas las formas de gobierno; nuestra incapacidad para construir […], todo anuncia, sin ningún género de duda, un mal persistente y terrible, que no ha hallado, ni puede hallar, remedio en nuestras constituciones ni depende tampoco exclusivamente de nuestros gobernantes […].
La reflexión, la idea de Martín Luis Guzmán persiste en el aire de México; me adhiero a ella. No por nada escribió José Vasconcelos: "Por mi raza hablará el espíritu".
* * *
1910-2010: ¿Qué esperamos? Lo que estemos dispuestos a hacer.
Definitivamente a este país le hace falta un temblor (no es literal), algo que cimbre la estructura, una sacudida al sistema, un chingadazo en la cara de cada uno de nosotros para que despertemos, para que de este hartazgo y esta inconformidad en que nos refugiamos surja otro México, más adecuado a este tiempo que pasa como el viento y todo se lleva, y a este mundo que avanza a la velocidad de la luz, cuando aquí andamos en tortuga o en burro.
Hay que tirar ideas y una que otra cosa, desechar lo preestablecido, revolcar, acabar de una vez por todas con figuras y mitos que ya no nos sirven. Avanzar a contracorriente, provocar, causar un alboroto, ir contra el lugar común, echar una chispa que desentuma las cabezas, que altere las conciencias, quitarnos ese marasmo, acabar con el estancamiento que creemos que es eterno, descongelar la mente, el espíritu, y dejarlo en libertad, que haga lo que se le dé la gana. Arriesgarnos, aventarnos al vacío, derrumbarnos, caer hasta el fondo, estar casi muertos: sólo así entenderemos que es hora de levantarnos: equivocarnos, errar y levantarnos, intentar nuevamente hasta el cansancio, hasta lograr lo que deseamos.
Esto es una cuestión individual, creo que esta vez la revolución es interna, es de cada quién: se trata de destruirnos a nosotros mismos, de golpearnos en la frente, de ir contra sí mismo, de pensar que el único enemigo a vencer está frente al espejo. Basta de echar la culpa al gobierno, a los partidos, a los políticos, a la naturaleza, a la familia, a los amigos, a la pareja, a la televisión; la transformación, el cambio, la revuelta es personal. Desde su trinchera, hacer cada uno lo que le corresponde. Y nada más. De este México todos tenemos la culpa.
Todo esto se puede encauzar, llevar a cabo, a través de la crítica y la autocrítica, enfrentarnos por medio de la disputa, salir del letargo a través del debate, demolernos con la crítica, que de eso algo bueno saldrá. La discusión nos quitará la condición de piedras que lleva el río quien sabe adónde.
Hemos visto que la vía armada dura años, cuesta muchas vidas, abunda en sufrimiento, pocos son los que se benefician con el reparto del poder, después se pelean entre ellos, hacen una reforma para calmar los ánimos y al final la mayoría de los ciudadanos se quedan como siempre, esperando…
La revolución empieza por uno mismo. Eso creo. Es más lenta pero más segura, más sólida y más duradera. Comienza por la educación de sí mismo, la tolerancia, ser justo con los demás y pensar siempre en el otro.
Regularmente la gente quiere paz y tranquilidad, una vida estable que la deje disfrutar de este mundo. Sin embargo, esto es la simple postura, la humilde opinión de uno de los más de cien millones de personas que vivimos en México. Aunque no se desee una revuelta armada, aunque uno no la quiera, la revolución brota, surge sin pedir permiso, la violencia es espontánea, es un estallido producto de la pasión, y la razón no puede controlarla, se queda paralizada sin lograr hacer nada. Cuando alguien se enfurece por cualquier causa, se echa todo encima, se avienta sin siquiera pensarlo: algo semejante pasa con la revolución.
* * *
Estas largas palabras quieren abrir la discusión. Y no se piense que no estimo a este país: la crítica es una forma de quererlo. Después de estas líneas, tal vez seamos acusados de "Alta traición", entonces diremos con José Emilio Pacheco:
No amo mi patria.
Su fulgor abstracto
es inasible.
Pero (aunque suene mal)
daría la vida
por diez lugares suyos,
cierta gente,
puertos, bosques de pinos,
fortalezas,
una ciudad deshecha,
gris, monstruosa,
varias figuras de su historia,
montañas
-y tres o cuatro ríos.
Al final, lo único que nos puede quedar, lo único que podemos presumir como nuestro, es el entusiasmo de seguir a pesar de todo. La Revolución hace mucho que está muerta, pero forma parte de la memoria colectiva, es un símbolo que sigue en la mente, en el corazón, en el alma y en el espíritu de la mayoría de los mexicanos. No nos estanquemos en los recuerdos, reflexionemos y planeemos el porvenir. Tenemos que hacer memoria y diseñar nuestro futuro como individuos y como nación.
En última instancia siempre nos queda el sueño.
"Vosotros traéis el desengaño; nosotros, la esperanza", dijo un día de hace más de 100 años Manuel Gutiérrez Nájera, como si lo fuera a decir mañana.
miércoles, 30 de diciembre de 2009
¿Chocolate pirata?
Es diciembre en la Ciudad de México (y en todo el mundo). Los asalariados reciben su miserable aguinaldo y las tiendas y plazas están a reventar de tanta gente ansiosa de comprar antes de que el dinero vuele de sus manos y se den cuenta de que en realidad no tienen nada.
En la Ciudad de México hay un Metro, cuyos usuarios frecuentes no tendrán un feliz año 2010 porque pagarán un peso más por cada boleto que compren, en lugar de dárselo al niño de los chicles o al ciego que canta con voz lastimera.
El Metro -como muchos transportes subterráneos de este tipo en el mundo- se encuentra regularmente atestado de gente, de niños gritones, olores nauseabundos, vómito, desechos empalagosos, basura, policías de mirada furtiva, mujeres embarazadas, bebés chilapastrosos, de individuos sin destino, oficinistas, adolescentes, estudiantes, vagos, limosneros, miserables, contadores, secretarias, raterillos, malandrines y tal vez violadores; a fin de cuentas, es un lugar muy plural donde uno también puede encontrar vendedores ambulantes, quienes en esta época decembrina abundan con el afán de recibir los pesos que la gente está dispuesta a gastar porque es fin de año y uno tiene que regalar, ser generoso, acabarse su dinero y ser feliz por un momento, es la época en que nos podemos dar el privilegio de gozar de esa dicha que resulta de obtener algún bien material.
Pues bien, como a mí siempre me place estar a la moda, no estar fuera de onda y seguir los dictados que sugieren las buenas formas y las convenciones sociales, decidí darme una vuelta por el dichoso Metro y me encontré con una pequeña vendedora ambulante que ofertaba su mercancía con verdadera gracia y convencimiento, a tal grado que me persuadió de comprarle un chocolate -yo que ya me moría de hambre- marca Hershey's por tan solo cinco pesos. Al revisarlo por pura curiosidad, me di cuenta que la envoltura estaba medio eriza, el producto no tenía fecha de caducidad y no decía dónde se había fabricado; en cambio, mostraba unas letras ininteligibles para un ignorante como su servidor: supuse que eran árabes o, ya para no errarle, orientales.
Inmediatamente se me vino a la mente la idea de que había comprado una mercancía pirata, lo cual no es de extrañarse en este lugar y en este tiempo, porque casi todo lo que estos respetables señores ambulantes venden es pirata, de contrabando; ilegal, pues. Si ofertan discos, películas, lamparitas, plumas y bolsas, ¿por qué no vender un chocolate pirata?
Me comí sólo la mitad, la desconfianza le ganó al hambre y preferí tirar el resto. Minutos después, la calidad del chocolate (o el poder de mi mente o el Metro o el vómito que vi o tanta gente y tanto sol) me causó náuseas y dolor de estómago.
Nunca vuelvo a comprar de comer en los vagones del subterráneo. Sólo me quedó el recuerdo de esa chamaca que rehúye cualquier llamada de atención, de ese gesto indiferente de la vendedora cuando la observé con ojos inquisidores, después de descubrir la trampa de su venta, sólo guardo en la memoria cómo escapó al abrirse las puertas del vagón, sin voltear atrás, furtivamente, como escondida, como agachada, con su trenza de cabello negro colgándole y arrastrada por su cabeza morena con esos ojos tan pequeños, con esas manos cobrizas y frágiles que cargan la caja con los chocolates piratas que ofrecerá nuevamente a los compradores incautos en el vagón continuo. Seguramente no fui el único que le compró un chocolate ese día.
sábado, 19 de diciembre de 2009
Hacernos más hombres
Hace semanas comenzó una campaña de difusión contra la violencia hacia las mujeres. El Instituto Nacional de las Mujeres decidió basar su estrategia en diversos hombres de fama pública y en otros que apenas si los conocen en su casa. Nosotros, que casi no vemos televisión pero leemos las revistas de chismes, reconocimos a Erasmo Catarino, Yahir y Víctor García de "La Academia", a un actor de Televisa y a otro de Tv Azteca, a un comentarista deportivo, al clavadista Rommel Pachecho, y porque le vamos a los Pumas, a Efraín Juárez, y porque somos periodistas, a un tal Carlos Marín, que dirige Milenio Diario. Por último, llama la atención un personaje obeso y con cara de puerquito, quien se dice divulgador cultural y tiene un programa en Canal 22 llamado "ReVerso": Nicolás Alvarado.
La campaña tiene como lema "Porque hacer menos a las mujeres, no nos hace más hombres". Al ver los carteles que ya se encuentran en diversas partes de la Ciudad de México, uno piensa, como buen hombre que es: ¿cómo me hago más hombre?: ¿cantando en "La Academia"? ¿Actuando en telenovelas? ¿Trabajando en una televisora? ¿Poniéndome un suéter rosita?
No sabemos qué hacer. Tal vez a la estrategia comunicativa le hagan falta más hombres como Erasmo Catarino, ese sí se ve que es bien macho, y a uno hasta le dan ganas de verse como él, ponerse un sombrero y ser más hombre, todo esto, por supuesto, sin causar perjuicio alguno a las bellas damas.
Pero, ¡cómo es posible! que pongan a promover una campaña para que uno se haga más hombre, a alguien como Nicolás Alvarado, que además de ser repulsivo -y no es por ofender-, no se ve muy varonil que digamos, tiene ademanes, gestos, expresiones y un tono de voz que no son elementos ejemplares para volverse más hombre; por si fuera poco, es un señor cuyo programa casi nadie ve porque es chocante escucharlo hablar (como si tuviera una fresa en la boca), lo hace en un tono altanero y presuntuoso. No creo que muchos lo conozcan, la verdad, porque es mínima la gente que ve el Canal 22, son menos los que ponen su atención en un programa de poesía, y solo unos cuantos los que ven "ReVerso".
Si el Inmujeres asegura que no es necesario menospreciar a la mujer, ¿vistiéndonos con un suéter rosa, camisita y moñito como ñoño, sí nos volveremos más hombres? ¿Pareciendo puerquito y frunciendo la grande nariz que siempre está como si algo oliera mal? Perdonen, pero ¿quién se va a querer identificar con alguien así?
El Inmujeres debería poner más atención en las personas "famosas" que utiliza en sus campañas de difusión, si no quiere que el resultado sea contraproducente, en caso de que el hombre que vea la postal con la imagen de Nicolás Alvarado, decida que es mejor ser menos hombre que volverse como el de la foto.
morel
jueves, 10 de diciembre de 2009
Intelectuales en nombre de Iztapalapa
Post mortem. Esos intelectuales (Monsiváis y Poniatowska), que por medio de un manifiesto andan en la defensa del respeto a la voluntad popular y exijen que se "restaure el gobierno constituido democráticamente encabezado por Clara Brugada", les pedimos que dejen de hablar en nombre de todos, que dejen de prestar su nombre a cartas sobre las cuales parece que ni siquiera reflexionan y que sólo firman porque cada día les llegan cientos de solicitudes de apoyo; conscientes de que son la voz del pueblo y debido a la fama de líderes de opinión que se han ganado tras años de apoyar a las causas populares y ser de los abajofirmantes, ponen su nombre sin chistar, pero sin pensar mucho en lo que dicen a través de ellas, sin meditar acerca de lo que firman.
En su carta afirman que "el pueblo de Iztapalapa votó para que Clara Brugada fuera su delegada. Que tampoco se olvide que el origen de este conflicto se encuentra en una determinación injusta y arbitraria del tribunal federal electoral, que violentó los derechos políticos de la ciudadanía de esa delegación al cancelar el registro de la candidata que tenía el respaldo mayoritario del electorado", pero se olvidan o ni siquiera lo saben porque no están atentos a los que pasa en Iztapalapa (tal vez porque uno vive en Portales y la otra en Chimalistac), que el origen de ese fallo vino del mismo PRD y sus tribus que no pudieron llegar a un acuerdo, que no pueden siquiera lograr un consenso debido a sus ambiciones e intereses, desde ese mismo partido se interpuso la controversia ante el tribunal electoral para que Silvia Oliva Fragoso fuera la candidata por Iztapalapa, en lugar de Clara Brugada, después de unos comicios internos llenos de irregularidades. Y ahora no vengan a decir que fue un proceso democrático.
Insistimos: su opinión es válida, pero dejen hablar en nombre del "pueblo de Iztapalapa" como si nos representaran. Ustedes no pueden saber lo que tiene en su cabeza cada persona, pero suelen hablar en nombre de la masa, no de los ciudadanos. Lo lamentable es que mucha gente tiende a hacerles caso, son sus gurús y cada palabra que sale de su pluma es venerada como irrefutable, que todo lo que dicen está bien, que lo contrario es perjudicial para la humanidad, y que cualquiera que les lleve la contraria es enemigo del pueblo porque ellos siempre tendrán la razón. En fin, ésa es una maña, un vicio que tienen los llamados intelectuales mexicanos.
(Por decir lo menos, yo ni siquiera voté por Juanito, por respeto a mis principios como ciudadano, pero principalmente por dignidad: nunca elegiría como gobernador a una persona así.)
De la tragedia a la comedia
Ahora resulta que Rafael Acosta Ángeles no existe, que no se halla su identidad en ninguna oficina del Registro Civil, que en realidad no es Rafael sino responde al desgraciado nombre de Ponfilio...
Ahora resulta que el que sí existe es Juanito, el que todos hemos visto haciendo sus payasadas, que de Rafael Acosta Ángeles no se sabe, salvo que es un individuo invisible (o que por lo menos nadie puede dar fe de haberlo visto), cuya acta de nacimiento dice que vino a este mundo en 1958 y que tuvo como testigo de su registro al general revolucionario Felipe Ángeles, amigo fiel de Francisco Villa y estratega militar fundamental para la División del Norte, quien murió fusilado en 1914.
Pues bien, demos por muerto a Rafael Acosta Ángeles, es más, démosle por inexistente, aceptemos que nunca existió en realidad, que su paso por la Ciudad de México fue como un espejismo en el desierto político. En cambio, reinvidiquemos a ese cuerpo maltrecho, al bufón que dice llamarse Juanito y que siempre habla en tercera persona de sí mismo, como quien conversa con su conciencia (desempolvemos al Dr. Jekyll y a Mr. Hyde).
Y lo mejor: ya encarrerados en este frenesí, ya metido el acelerador de la demencia, ya faltos de toda cordura, pero con una firme conciencia revolucionaria, declaremos a Felipe Ángeles redivivo, el general sigue entre nosotros, no sólo en actas de nacimiento, sino en nuestra memoria. Está resucitado y su espíritu, que no es menor, ronda por calles, por casas y anda en busca de políticos que quieran tener el grande honor de ser bautizados teniéndolo a él como testigo.
Despues de todo, una cosa es segura (lo puedo afirmar con los pelos de la burra en la mano): Juanito sí existe, no es sólo un apodo, no sólo es un símbolo de la miseria partidista, es una persona de carne y hueso que, además de tener su propia obra de teatro producida por esa eminencia del cine de ficheras que es "El Caballo", quiso gobernar Iztapalapa...
Y perdónenme, pero después de tanto, no pude hacer otra cosa que reírme, no aguanté más y comencé a carcajearme de mí mismo, de nuestros políticos y de este pobre país.
morel
lunes, 30 de noviembre de 2009
La farsa, el circo
Vivo en Iztapalapa. Soy un ciudadano indignado y exijo a esos políticos que se regodean en su circo, en su farsa, en su mediocridad y en su miseria, que paren el espectáculo. Me dan pena ajena. Estoy harto de ellos, estoy hasta la madre de ustedes que se la pasan jugando con la voluntad de la gente. No aguanto (y eso que soy muy tolerante) que dos personas, las facciones políticas y sus intereses, se estén peleando por un cargo de representación popular como si fuera un pastel, un tesoro del que sólo importa obtener el mayor provecho y la mejor utilidad. No puedo concebir que una de las delegaciones más empobrecidas, más marginadas, con tantos problemas, esté entre vaivenes y arrebatos como una preciosa joya, por culpa de esa gente. ¿Y sus habitantes? Que se chinguen, que sigan en el atraso, que sigan sin educación, que los sigan manipulando cada elección a través de despensas, de la ocupación ilegal de terrenos baldíos o áreas naturales para viviendas, de componendas, de cargos públicos, de ascensos. Que sigan siendo parte de la masa, pero no ciudadanos que piensen qué es lo mejor para ellos. Tanta politiquería me da asco, la detesto; tanta falta de interés en el bienestar y en el desarrollo de los iztapalapenses me repugna. Estoy seguro de que ni siquiera les importamos, que sólo quieren demostrar su fuerza política, que sólo desean tener más poder, que sólo piensan tener el control de un delegación más, que nada más buscan utilizar a la demarcación a favor de sus intereses, para hacer más relaciones, conseguir más adeptos y subordinados a través de la corrupción, para buscar un pastel más grande en la próxima elección.
Recuerdo que a Rafael Acosta lo conocí a finales de mayo de 2007, en un peculiar concurso de belleza organizado por Jesusa Rodríguez para conmemorar el Día Internacional de Acción por la Salud de las Mujeres y pedir la destitución del entonces presidente de la Comisión Nacional de Derechos Humanos, José Luis Soberanes. Todas las "misses" eran hombres, a Rafael Acosta le tocó representar a "Miss Mota", era el peor vestido y el más ridículo. Desde esa época datan sus atentados contra la estética y su simpatía por el mal gusto. Desde ese tiempo, el movimiento obradorista lo usaba para montar sus bufonadas que ahora ya no le parecen graciosas. De Brugada sólo tengo memoria de que en sus inicios en la negra política, hace más de siete años, vivía o tenía su centro de atención ciudadana a unas cuantas cuadras de mi casa, en la colonia Fuego Nuevo, cerca del Cerro de la Estrella. Muchas veces vi afuera de dicha vivienda un cartel con su gran cara sonriente.
Pero ya no quiero saber más de ellos.
Que el pinche Juanito y la fea de Clara Brugada vayan a chingar a otra parte, que vayan a andar de argüenderos lejos de aquí, que dejen de molestarnos. Ya estuvo bien de tantas pendejadas. Que se larguen con sus terribles chistes, con su malabarismo, con sus payasadas, con sus discursos de mierda, con su voz de pito, con sus sonrisas estúpidas, con su comedia, su farsa y circo de dos pesos.
¡Pobre Iztapalapa! No puedo concebir que sus habitantes lleguen a ser gobernados por un ignorante, un títere necesitado de atención, o por una argüendera que sólo ambiciona poder.
Que saquen sus sucias manos de nuestro territorio.
Que se vayan con su miseria.
Que nos dejen, ya no los quiero ver.
No los necesitamos, muchos ciudadanos podrían gobernar Iztapalapa mejor que ellos.
Y si no se van, soy capaz de juntar a unos cuates y sacar a patadas al tal Juanito (que además está desprestigiando el mote con el cual se le conoce a un buen amigo), de agarrar por las greñas mal rizadas y bien despeinadas a la Brugada esa.
Ya basta, por favor, no hagan caer a la política de México más bajo de lo que está.
No estoy enojado, estoy triste al ver tanta mediocridad de la clase política mexicana.
Estoy triste y lloro por esta Patria (algo que esas personas nunca van a poder sentir).
morel
sábado, 21 de noviembre de 2009
Libros que te hablan
Lo insinuaste, tomaste el libro, querías saber que podría pasar, te recostaste y con el volumen entre tus manos pensaste y te concentraste en lo que deseabas, en cuál sería el camino. Con tu cabeza sobre las páginas cerradas, te decidiste a abrirlo donde dictara el azar o el destino. Y sucedió:
"Las cosas no pueden quedar duraderamente detenidas, por eso sigue ahora el signo: La Evolución. Evolución significa progresar."La respuesta te dejó satisfecho y quisiste saber qué más te podría decir el I Ching. Repetiste el procedimiento:
"Abajo, al borde de la montaña, sopla viento: la imagen del echarse a perder. Así el noble sacude a las gentes y fortalece su espíritu."Otra vez lo hizo. No podías creer cómo atinaba a tus pensamientos, a tus sentimientos, al estado de ánimo. Nuevamente la concentración, el azar y el destino:
"La instalación de un Pozo necesariamente ha de ser revuelta con el tiempo; por eso sigue ahora el signo: La Revolución.Esto ya no lo sentiste tan natural, tan instintivo. Lo intentaste nuevamente y fue la última porque la magia se había ido. Cerraste el libro con satisfacción por las respuestas que te dio el I Ching.
"La Revolución significa la eliminación de lo envejecido."
Revolución... revolución... Pensaste: ¿quién mejor para hablarte de ella que Francisco Ignacio Madero? Y te dirigiste a sus "Comunicaciones espíritas", tomas el libro, concentración, preguntas, deseos, la cabeza sobre el papel y de pronto lo abres y no ves nada que tenga que ver contigo, nada que te interese. Pero sigues buscando y encuentras en un rincón de la página estas palabras:
"¡Cuántas veces has estado a punto de conseguir el triunfo definitivo y sólo por falta de constancia, por falta de energía no lo has conseguido!"Los libros te hablan, se comunican. No sabes qué pensar y sólo atinas a murmurar: "¿Por qué me dicen esto?"
lunes, 16 de noviembre de 2009
No estamos solos
Después de varias semanas que escribí el artículo "La cultura, en crisis", he recibido dos satisfacciones: la primera es que varias personas que considero importantes lo han leído, y la otra es que dos de ellas respondieron al texto: Marco Levario Turcott, director de la revista etcétera, y el escritor René Avilés Fabila, quien fue mi maestro de periodismo en la UNAM. Marco Levario tuvo la cortesía de contestar al artículo, expresar su opinión sobre éste e incluso corregirme un dato. René Avilés, por su parte, ocupó la información aquí publicada y se sumó a nuestra crítica sobre los miles de pesos que mensualmente reciben del erario (a través de becas del Conaculta) algunos escritores que no necesitan de ese dinero que bien se podría ocupar para otras áreas culturales a las cuales les urge el presupuesto.
Dice René Avilés Fabila en su artículo "Intelectuales pobres e intelectuales ricos", publicado en el periódico "La Crónica" el lunes 16 de noviembre, y que también se encuentra en su blog:
Dice René Avilés Fabila en su artículo "Intelectuales pobres e intelectuales ricos", publicado en el periódico "La Crónica" el lunes 16 de noviembre, y que también se encuentra en su blog:
La educación y la cultura han padecido fuertes recortes. Es grave porque la primera es urgente para salir del atraso en que vivimos y la segunda porque México es un país de artistas notables. No todos los intelectuales son pobres, algunos reciben grandes cantidades de dinero del Estado, además, como un excelente añadido, no hay premio que dejen de recibir. Llega a ser aburrido que unos cuantos concentren en sus manos todos los reconocimientos, doctorados, viajes al exterior, premios y becas. A este respecto circula en Internet un interesante artículo, que además está en un blog firmado por L. Morel y Alba Z. En este trabajo documentado señalan el actual monto que cada becario a perpetuidad ha recibido en estos atribulados tiempos.
[...] Sabemos cómo se conceden las becas y llegan los privilegios a un puñado, lo que nadie entiende es la razón de que, en época de crisis, la educación pública y la cultura reciban severos cortes y los privilegios de unos cuantos sigan intocados. Lo llamativo es que ellos mismos insistan en que debe haber mayor apoyo a la cultura. ¿Para su mejoría o para que el reparto del dinero sea distribuido de manera equitativa que apoye a los jóvenes y no siempre a los afamados, muy ricos y que no necesitan el apoyo público? Los autores del artículo, concluyen que “de 1993 a la fecha, tan sólo estas seis personas han recibido del erario nacional una suma aproximada de unos 26 millones de pesos” y preguntan “¿Acaso necesitan ese dinero? ¿No es suficiente con lo que han acumulado?”, luego de multitud de premios, reconocimientos, ventas de libros y otros ingresos.Es una gran satisfacción saber que no hablamos al vacío en este espacio, que nuestras críticas son tomadas en cuenta por algunas personas, y es una doble satisfacción cuando esa persona es alguien que siempre ha ejercido, no sólo la creación literaria, sino la crítica y la docencia, alguien a quien en muchas ocasiones he referido como "mi maestro": René Avilés Fabila. Un gran saludo desde aquí.
Me sumo a la pregunta.
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