jueves, 27 de octubre de 2011

El engaño de la publicidad integral



Cuando era apenas un niño (que no es un asunto menor), me despertaba temprano todos los domingos y prendía la televisión. Veía las Fantasías animadas de ayer y hoy repetidas 587 veces o le ponía a En familia con Chabelo. Ahí, además de aprender qué es la katafixia, admiré toda la gama de productos que anunciaba el eterno niño, en especial pastelitos de Marinela (Gansito o Pingüinos), frituras de Sabritas y, en época de Reyes, los triciclos Apache y toda la línea de Mattel. Inocente yo, absorbí toda esa publicidad que se incluía dentro del programa como “mensajes de los patrocinadores”. ¡Qué forma más fácil de inculcar en los futuros consumidores la preferencia hacia determinadas marcas!

El sistema de promover productos de manera que se haga ver “natural” dentro del contenido de un programa ha tenido un auge impresionante en los últimos años, a tal grado que también se adaptó a la propaganda política, aunque ya desde hace décadas en los periódicos se publican gacetillas o boletines sin advertir al lector que es una inserción pagada.

La publicidad integral implica la promoción simultánea de un producto desde distintas vías, ya sean directas o disfrazadas; es un “paquete” que los medios ofrecen a sus anunciantes y puede incluir desde un spot en programas de alta audiencia hasta la presencia o mención de sus productos como parte del contenido de una novela, serie, emisión deportiva o de un noticiario.

¿Por qué ese afán de engañar el espectador? ¿Por qué mimetizar la información con la propaganda? ¿El entretenimiento con la publicidad? Este fenómeno ha sido impulsado por las corporaciones de medios que abarcan diversas plataformas de comunicación (impresos, televisión, radio), como Televisa o Grupo Imagen, y por lo tanto pueden ofrecer la presencia del producto o persona en múltiples espacios al mismo tiempo; sin embargo, ya ha sobrepasado los límites y ni en el gobierno ni entre los legisladores se percibe algún indicio para entrarle a su regulación. Lo preocupante es que esta forma de promoción se ha extendido de forma cínica a todos los medios: radio, televisión, publicaciones impresas e incluso al cine.

¿Cuál es la gran ventaja de la publicidad integral frente a la tradicional? Que se salta la barrera de resistencia que el público receptor opone a los anuncios. La mayoría evita ver publicidad, ya sea cambiándole de canal, con su indiferencia o su falta de interés; en cambio, cuando el anuncio se mezcla con el contenido de la obra mediática, se tiene la atención del público y, por lo tanto, una mejor recepción del mensaje publicitario, que logra brincar el muro mental que casi todos ponemos cuando nos percatamos de que van a pasar comerciales.

Todo anunciante quiere llegar directamente a su mercado: con la publicidad integral lo puede consiguir. Sin embargo, los medios electrónicos se rigen por el Reglamento de la Ley Federal de Radio y Televisión, que establece en su artículo 39 que debe haber “un prudente equilibrio entre el tiempo destinado al anuncio comercial y el conjunto de la programación”.

Y aquí es donde se complica el asunto porque no se ha dispuesto cómo medir la publicidad que se transmite como parte de la programación y el tiempo que representa dentro de su contenido.

Según el reglamento, para la televisión el espacio destinado a publicidad no debe exceder del 18% del tiempo total de transmisión de cada estación; para radio, no se podrá pasar del 40%. ¿En realidad se cumplen estos tiempos? ¿Quién hace la diferencia entre la publicidad integrada a los contenidos y la que se difunde aparte? ¿Cómo se contabilizan? ¿Cuándo van a regular este fenómeno las autoridades?


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Y ahora vamos con los ejemplos, que son muchos y de todo tipo, para que no se diga que inventamos cosas.

Los consumidores del futuro

En familia con Chabelo es pionero en la publicidad integral y el principal programa infantil donde se transmite un mensaje al mismo tiempo que se promociona un producto, lo cual representa grandes ganancias tanto para el medio como para las anunciantes.

Xavier López afirmó en 2003, después de tener un conflicto de horarios con Televisa, que sigue trabajando en la empresa “no porque les caiga muy bien, sino porque soy buen negocio. […] Porque así que dijera ¡cuánto me quieren!, pues no. La televisión donde trabajo es una empresa de negocios, no es una institución de beneficio”. En familia con Chabelo condiciona a sus anunciantes a comprar mínimo tres minutos para aparecer en el programa; por supuesto, hay quien los paga: en 2002 hubo patrocinadores que pagaron hasta nueve minutos para salir al aire.



El “amigo de todos los niños”, además, es un buen referente, un personaje que causa simpatía, tiene seguidores que ponen atención a lo que dice (así sean comerciales) y hacen caso a sus recomendaciones (de juguetes, por ejemplo). ¿Qué más pueden pedir los anunciantes? A través de su programa dominical de concursos que es visto por millones de familias en todo México, Chabelo ha moldeado, desde hace 41 años, a los consumidores del futuro.

Pero la televisión “pública” no escapa a la tentación de la publicidad integral, si bien la usa para allegarse recursos necesarios para producir sus propios contenidos. En Once Tv el ejemplo más destacado es El diván de Valentina, que mostró cómo mezclar una buena historia, dirigida principalmente a los niños, con publicidad de los productos Bimbo. No era casualidad que de repente Vale degustara placenteramente un Negrito, que la cámara pusiera en primer plano unas Donitas o que toda la familia cenara con unos paquetes de Mantecadas.

El agua Ciel ha utilizado a la serie juvenil Soy tu fan (ya en su segunda temporada) para promocionarse, como un medio más de su campaña que tiene como imagen principal a Ana Claudia Talancón, quien tiene el papel estelar y es productora del programa. De igual manera, en las otras series de Once Tv, XY y Bienes Raíces, no hay capítulo en que no se promocione a Apple; todos los protagonistas de ambas series usan sus Mac, iPhone y iPad.

Las transmisiones deportivas –tanto de radio como de televisión– se han vuelto destacadas representantes de la publicidad integral. En las peleas de box y especialmente en los partidos de futbol (no se diga en los juegos del Tricolor o en el Mundial), oímos o vemos cómo los comentaristas mezclan la narración del espectáculo con el anuncio de productos como automóviles, cervezas, tarjetas de crédito, telefonía, etc.

En la televisión hemos visto cómo los refrescos Jarritos se inmiscuyen en programas de Televisa, ya sean matutinos o de deportes, y son promocionados por los mismos conductores. Jaime Maussan, en Tercer Milenio, publicita una marca de calentadores solares y una clínica para operaciones de la vista como si fueran parte de un reportaje del programa.

Este sistema de publicidad ha tenido tanto éxito que ya hasta se han hecho producciones dedicadas específicamente (y cínicamente) a mezclar anuncios con el contenido, siguiendo el ejemplo de En familia con Chabelo y dirigidas a los sectores populares. Ahí está el caso de Atínale al precio, en Televisa, que al parecer tiene una alianza con Chedraui para promover la compra en ese supermercado de todos los productos que participan en el concurso. También están los “Progress Tips” en Venga la alegría, de Tv Azteca, que a través de “cápsulas de nutrición infantil” anuncian la línea Gold de fórmulas lácteas de Wyeth, ahora propiedad Pfizer. De esta misma empresa, Cadena Tres hace unas semanas promocionó, en el noticiario de Yuriria Sierra con Mónico Chimpanzón, la nueva variante Viagra Jet, que tiene la novedad de ser masticable.

La política

Pero la política, como siempre, no se escapa, y es que es mucha la tentación ante la poca credibilidad que tienen casi todos los funcionarios públicos. Enrique Peña Nieto es el más destacado usuario de la publicidad (en el fondo propaganda) integral. Su alta presencia en los contenidos de las dos televisoras nacionales, especialmente en Televisa, confirmó que tiene acuerdos que abarcan desde promocionales de su gobierno, invitaciones o referencias en programas de diversa índole (incluso de chismes o de variedad matutinos), ya sea de forma individual o con su pareja Angélica Rivera (la Gaviota), hasta su mención en noticiarios como el de Joaquín López-Dóriga e infomerciales colocados después del corte. Claro, nada de esto es gratis, cuesta una millonada que pagan los mexiquenses.

El Partido Verde también aprovechó los paquetes de publicidad integral que ofrece Televisa. En 2009 la empresa consiguió a dos actores jóvenes que participan en su programación, Raúl Araiza y Maité Perroni, para hacer campaña a favor de los diputados del Verde en las elecciones de ese año. La estrategia incluía la promoción del partido en diversos medios de Televisa, como la revista TV y Novelas o la telenovela “Gancho al corazón”, donde Perroni salió a escena con una playera con la leyenda “Soy Verde” (uno de los pilares de la campaña), lo que llevó al IFE a establecer una multa contra el Verde.

La ética, a volar

El periódico Reforma desde su fundación se ha preciado de no aceptar gacetillas políticas y llevar su propia agenda. Sin embargo, en el plano empresarial no sigue los mismos principios. En ese campo sí acepta que le dicten una línea editorial específica para sus notas periodísticas: los negocios son los negocios, han de decir los dueños regiomontanos. Por eso en sus páginas se pueden leer anuncios disfrazados de información que promocionan, por ejemplo, los cartuchos Hewlett Packard en la sección de tecnología “Interfase”. Recuerdo una nota en la que se hablaba de lo dañino que resultan para las impresoras los cartuchos “pirata” o rellenados y se hacía mención a una marca que la reportera (o publicista) decía que tenía las iniciales de Harry Potter, obviamente HP. Daba tantos argumentos que me la creí y pensé en nunca más rellenar el cartucho de tinta para mi impresora, no fuera a descomponerla. Seguí leyendo y en la última página de la sección apareció, a plana completa, un anuncio de cartuchos originales HP y su alta confiabilidad. ¿Otra casualidad? Tiempo después leí de nuevo la misma sección y me encontré con una nota similar; posteriormente noté que Hewlett Packard tiene una gran campaña publicitaria contra la piratería y el relleno de cartuchos de impresora que seguramente incluye mensajes informativos disfrazados de publicidad en el Reforma.

¿Qué es lo grave de esto? Que los medios de comunicación pierden su bien más preciado: la credibilidad. Nunca volveré a confiar en una nota de ese tipo. Reforma, que se dice independiente políticamente, tuerce sus principios ante el sector empresarial. Para mí, sinceramente, ambos casos son reprobables porque siguen el mismo objetivo: engañar al público con la promoción enmascarada de una persona o producto como si fuera parte del contenido periodístico del medio.

En la radio también hay casos notorios, como el del programa de Toño Esquinca y la mezcla que hace de comentarios propios de su programa con la promoción de agencias de préstamo de dinero. O el de la Ke Buena y Revelation Plus, que hacen creer al auditorio que un radioescucha pregunta (regularmente lo mismo) sobre el producto y la “Licenciada” –de quien no se conoce el nombre–, representante de ventas del aparato para bajar de peso, responde a los cuestionamientos; sin embargo, todo es una farsa grabada con anticipación, un guión preestablecido, ya que la “Licenciada” ni siquiera habla en vivo.

También el cine 

Por último, vamos con el cinematógrafo, esa maravilla que hasta hace poco había escapado a la publicidad integral. Empecemos con la película de Los Simpson, donde casi al comienzo se anuncia un programa de Fox Entertainment (productora de la famosa serie); aunque parece una burla sobre la promoción de productos mezclada con el contenido de los medios, al final resulta ser también publicidad para Fox.

En Hellboy 2, dirigida por Guillermo del Toro, hay una secuencia donde el protagonista de la película “Rojo” y su fiel amigo Abe Sapien (un sabiondo hombre-pez) se ponen una borrachera con unos six de cervezas Tecate. La escena es buenísima y conociendo a Del Toro es posible que haya elegido que los personajes se embriagaran específicamente con Tecates para darle un tono bizarro a la situación; a pesar de ello, también es publicidad para la bebida.

Aquí, sin embargo, cabe una pregunta: ¿dónde se encuentra el límite entre realidad y promoción intencionada? Nuestra vida está llena marcas registradas, de productos que ostentan su nombre y quién los fabrica; las películas, cuando tienen la intención de reflejar parte de la realidad, deben captar también las marcas porque son parte de este mundo. Si no lo hacen, resultan inverosímiles, y en eso son expertos muchos de los directores mexicanos que, para evitar hacer publicidad gratis, le quitan las etiquetas a los productos –especialmente a cervezas–, aunque se vea que es una Corona o una XX Lager (ya ni el célebre “Superportero” haría eso). Y lo que sucede es que así no me creó la historia, en mi cotidianidad no hay cervezas sin etiqueta. ­­­­­­­­­­­­­­

Y aquí llegamos a la joya de la corona de la publicidad integral en cine; pero antes una explicación: Pfizer, la mayor farmacéutica del mundo, montó una campaña gigantesca ante la pérdida de patente de su producto estrella Viagra, que le ha redituado tantas ganancias. La estrategia abarcó a la mayoría de los canales de comunicación y tuvo la novedad de incluir la producción de una película: De amor y otras adicciones (2010).

Este filme protagonizado por Jake Gyllenhaal y Anne Hathaway es, descaradamente, un comercial de Viagra envuelto en una historia romántica con actores famosos y de cierta trayectoria. El personaje central es un Representante de Ventas de Pfizer que logra el éxito gracias a que se enfoca en la venta de la célebre “pastilla azul”, de la cual se recalca que es pionera en el tratamiento contra la disfunción eréctil.

Entre la mercadotecnia y la publicidad, De amor y otras adicciones sólo es un medio más de la campaña para promocionar los medicamentos producidos por Pfizer (además de Viagra, aprovechan para destacar Zoloft, tratamiento que compite con el mejor posicionado Prozac para la depresión) y reforzar su marca entre el público. Tan sólo hay que ver las veces que aparece el nombre de la compañía y el tono apológico con que se le presenta.

No imagino cuántos millones de dólares le costó a Pfizer participar en la producción de esta película, conseguir un guión adaptado a su intención publicitaria, convencer al director Edward Zwick (El último samurái, 2003; Diamante de sangre, 2006) de que filmara la historia, contratar a miembros del star system hollywoodense… Pero lo que queda de manifiesto es que ese monto revelaría la importancia que tiene Viagra para la farmacéutica y cómo se verán afectadas sus ganancias debido a la libre fabricación del medicamento por otros laboratorios.

Lo curioso y preocupante de este caso es que se supone que en México existe la crítica cinematográfica, que hay quienes se dedican a analizar los filmes y a recomendar verlos o no. Una industria cultural necesita –además de generar ganancias a como dé lugar y producciones taquilleras– críticos que les importe la calidad de una película, que orienten al espectador sobre lo que va a presenciar o por lo menos le informen que va a ver un anuncio publicitario disfrazado de película de amor cuyo valor cinematográfico es nulo. No recuerdo a alguien que mencionara el asunto, por más evidente que era; parece que no pueden ver más allá de la faramalla de las premieres (donde los consienten mucho) ni de lo que dicen los boletines promocionales. Los críticos de cine en nuestro país brillan casi siempre por su ausencia.

Al final quienes pierden son los espectadores que van al cine a apreciar una buena función cuando resulta que pagaron por ver un comercial más. Uno francamente se siente defraudado y no puede hacer nada, pero espero que con el tiempo, y al hacerse más evidente el engaño, el público aprenda a diferenciar un contenido honesto (por malo que sea) de la basura publicitaria.

morel

sábado, 15 de enero de 2011

Cómo se escribe una crónica


Empecemos. Cómo hacer una crónica. Entre la noche álgida recostado sobre el sofá me inclinó y contemplo... No, no, no y no... Piensa... Piensa... La luna menguando frente a mi ventana, mientras un perro solitario ladra por su territorio; mis ojos alcanzan a vislumbrar las últimas luces de la noche, los faros de los comercios que desaparecen para terminar un arduo día.

Yo, mientras, solo en mi cuarto, alumbrado únicamente por el fulgor ámbar de una lámpara rústica y antigua, pero de mi agrado. Al enrollarse una cortina metálica se anuncia el cierre del último establecimiento comercial de la manzana que quedaba vivo entre la fría oscuridad. Ahora todos a dormir. Todos, excepto yo y el perro que sigue ladrando no sé a quién ni a qué, tal vez a un fantasma; no, no conviene que piense eso, porque en dado caso puede darme miedo y así no voy a empezar esta crónica.

Seguiré con la esperanza de no quedarme sin luz, porque me encuentro en algún punto de Iztapalapa y, para ser honestos, en esta delegación los apagones son cotidianos. En fin. Aquí me tocó vivir. Aquí a diez minutos del famosísimo –eso digo yo– y agraciado –eso dice mi papá, quien es un visitante consuetudinario– Cerro de la Estrella. Sí, ahí donde se une la multitud para representar la crucifixión en la Semana Santa, y donde –dice mi devota abuelita– pudo haber filmado Mel Gibson La Pasión de Cristo. Ay abue.

Ahora el silencio inunda totalmente mi nocturna y fría empresa. Mejor, tal vez así me concentre y no ande pensando en escenarios de películas. Silencio ahora interrumpido por el vuelo de un avión. Me asomo para ver, pero no veo. Sólo un negro paisaje: el faro de la calle no funciona ni alumbra como debiera.

Ahora me siento frente al escritorio para ahora sí empezar esta crónica. Debe quedar bien hecha. El escritorio no me causa inspiración alguna, es café y está viejo, rayado, pintarrajeado, con cera pegada de las velas que usamos en el último apagón, de madera roída, incluso llega a ser un poco misterioso y fantasmal. ¿Fantasmal? No, dije que no iba hablar de eso y no lo voy hacer, porque me da miedo y quiero terminar mi crónica; claro, nada más que la empiece.

La pared tampoco me inspira, ya le hace falta una pintada, y resanarla, es color durazno deslavada en mugre y rayones de mi hermanito. Llena de fotos del otrora asiduo corredor de mi papá, recuerdos de cuando competía en diversas carreras, desde una pequeña donde dan al ganador un trofeo hasta el agotador maratón. Del muro cuelga un reloj de bronce que me da la hora sin querer: 10:45. No puede ser, llevo casi dos horas y no empiezo la crónica. Dios santo ayúdame, Virgen de la caridad socórreme, décima musa auxíliame.

Y sigo en la pared y encuentro algunas fotografías en blanco y negro sobre la Revolución Mexicana. Y ahí está Emiliano con su figura y mirada inquebrantables, galante, posando con el fusil en la mano y su sombrero de charro. En otro lado están Villa y Obregón –cuando todavía tenía brazo–, juntos, serios, delante de todo un ejército.

Ya me aburrí. No veo nada interesante. Si ocurriera algún incendio enfrente de mi casa, o una tragedia al vecino, si lloviera y se inundara la calle, si hubiera una pelea en la esquina, un choque de automóvil, unos novios disfrutando placenteramente de la oscuridad... No sé, algo interesante, algo periodístico. Si no ¿de qué voy hacer mi crónica? Espera... Oigo el derrape de unas llantas... ¡aaahhh!... Nada.

Y ahora lo que me faltaba: un mosquito. De por sí no me logro concentrar y este pinche mosco se esfuerza en molestarme. ¡Pinche mosco! Creo que ya me enojé. Su zumbido es angustiante: zzzzzzzzzzzzz... Nada más me picas… No, mejor pícame. Ahora podré decirle a los de la revista: saben qué, un mosquito me picó la mano y, lamentablemente, no pude escribir la crónica que me pidieron, ustedes dispensen. Sí, ya lo tengo: el plan perfecto, el pretexto insuperable. Soy bien chingón.

Ya se fue el mosquito, pero no me hizo nada. En fin. Ni modo. Ahora sí empezaré en serio. Silencio. Tranquilidad. Concentración. Muy bien, sólo me falta elegir el tema de la crónica que seguro será excelente, magnífica, prodigiosa... Aunque pensándolo bien, tal vez yo no sirvo para esto, no se me da eso de hacer crónicas. Creo que este oficio no es para mí. Decidido: soy un inútil cronista, como cronista soy inútil. Me doy por vencido… No, no puedo, tengo que hacerla, muchos esperan más de mí. Lo intentaré: empezaré a escribir: empecemos...

morel