jueves, 4 de noviembre de 2010

La guerra del acento... y otras batallas II

A Felipe Garrido

La guerra del acento no ha concluido, aún no se tiene un dictamen definitivo, pero la RAE ya impuso el uso de la palabra “solo” sin tilde diacrítica para sus dos significados admitidos. En la edición conmemorativa de la novela de Carlos Fuentes, La región más transparente, publicada por la Asociación de Academias de la Lengua y Alfaguara, y distribuida a los dos lados del Atlántico, no les importó diferenciar a dicha palabra por el acento diacrítico, aunque su uso no aporte precisión ni claridad al texto.

La mayoría de los grupos editoriales españoles (Santillana, Océano, Planeta) sigue la línea que establece la Real Academia. El País, un gran medio de comunicación en español con presencia internacional, perteneciente a Santillana, también secunda las normas dictadas por la RAE. Las editoriales de España inundan el mercado latinoamericano con millones de libros que manejan el mismo criterio ortográfico y gramatical.

Sólo digo que intentan imponer su parecer a los hablantes de la América hispánica por medio de determinado uso del idioma a través de periódicos, libros, sitios de Internet, etc.

Sería descabellado (o tal vez no) que para celebrar el bicentenario de la Independencia, se pida que de ahora en adelante se pronuncie “Méshico” o “meshicanos”, o que al menos se escriba siempre con “x”. Por ejemplo, hace poco vi que existe El vampiro de la calle Méjico (Anagrama, 2002), novela del español Vicente Molina Foix, y que algunas traducciones españolas siguen escribiendo el nombre de nuestro país con “j”.

(Y aquí viene otro asunto que debería importar tanto para la independencia editorial mexicana, como para la defensa de nuestra peculiaridad idiomática. No se trata de romper las reglas, sino de aceptar nuestras variantes lingüísticas sin restricciones de una institución. Empezaría por pedir traducciones a un español común, para evitar las gilipollas que menciona Vicente Leñero, o al español mexicano, lo que al mismo tiempo impulsaría la industria editorial nacional; incluso es necesario que cada cierto tiempo surjan versiones para las nuevas generaciones, aunque siempre habrá las traducciones que perdurarán, como “El cuervo”, de Enrique González Martínez, o El hombre que fue Jueves, de Alfonso Reyes.)

Dirán que por qué tanto barullo por unas cuantas palabras, pero en el fondo es la defensa del uso de la lengua por una nación –y un continente– de hablantes, la protección de su singularidad y de su soberanía lingüística.

Se debe aceptar sin condiciones que en el idioma español existe la diversidad dentro de la unidad, por eso es una buena señal la publicación del Diccionario de Americanismos, en donde, con ese espíritu de apertura y un afán descriptivo más que normativo, se reúnen “sin ningún tipo de dilema moral” vocablos, giros, acepciones y entradas que se utilizan en América Latina. Se incorporaron incluso términos de la jerga del narco, como “levantón” o “ejecutar”. “Ahí está, no hay que negarlo y es parte también de la lengua española”, expresó José Moreno de Alba en la presentación.

Entonces, ¿qué nos queda? Resistir la presión de las “autoridades lingüísticas”; la única forma en que podemos hacerlo como hablantes –y quizá la más efectiva– es defendiendo nuestro uso del español mediante el acto cotidiano del habla y a través de la escritura.

Si el narco pudo, que nosotros no lo logremos…

morel

miércoles, 3 de noviembre de 2010

La guerra del acento... y otras batallas I

A Felipe Garrido

Hoy proclamo mi independencia. Hoy declaro que mi lengua es libre y soberana, que la lengua mexicana tiene derecho a desarrollarse según le dictan su idiosincrasia, su peculiaridad mestiza, sus características históricas y geográficas, y, por supuesto, sus hablantes.

Yo, que me inclino por el sistema republicano, rompo el yugo que impone a mis palabras la Real Academia Española y manifiesto mi placer por el juego, los reveses y las contraindicaciones. Digo que no me sujetaré a sus mandatos; que su lema “Limpia, fixa y da esplendor” no me preocupa. Aunque haya normas convencionales que seguir, el lenguaje lo creamos todos cada día y no se sujeta a los dictados de una institución.

Por eso, a doscientos años de independencia nacional, no puedo aceptar que la RAE quiera seguir imponiendo sus puntos de vista respecto al idioma español. Sabemos que hace apenas algunos años (durante el sexenio de Ernesto Zedillo), la monárquica institución aceptó la grafía México en lugar de Méjico, con la “x” según su sentido original, proveniente de los mexicas, aunque se siga pronunciando con el sonido de la “j”, y no “Mé-shi-co”.

Son muchas las palabras –principalmente del náhuatl– cuya pronunciación primigenia se perdió debido a la traslación al español de fonemas indígenas con el sonido “sh”, así como por la incapacidad de los conquistadores para enunciarlos. Ese tipo de articulaciones pasaron la mayor de las veces como “j”, su uso ha persistido así por muchos siglos y el ejemplo máximo es el nombre de nuestro país.

Xalapa, por ejemplo, es una palabra cuyos usuarios se resisten a escribir Jalapa o incluso, en esas tierras veracruzanas, a pronunciarla con “j”, y la nombran “Shalapa”. Xochimilco es otra que parece nunca aceptará la “j” en lugar de la “x”; Xola tampoco. Pero Ajuchitlán, en Guerrero, ya perdió su grafía y su pronunciación originales: “Axochitlan”; Oaxaca se despidió de su sonido de “x”; Ixtapalapa se convirtió en Iztapalapa; axolotl cambió a ajolote…

Una lengua impone sus palabras por el uso que le dan sus hablantes, ellos la adaptan a sus necesidades, gustos y costumbres. Pero España, como la meca (nótese el origen árabe del vocablo) del idioma, a veces quiere imponer un solo uso del español a todos los que lo practicamos.

¿Cómo lo pretende imponer? Por dos vías: la RAE y su enorme industria editorial, que además trabajan a la par en este caso.

Y así llegamos al meollo de este ensayo: la guerra del acento que se entabló entre la RAE y la Academia Mexicana de la Lengua (con el derecho de imposición y de veto de la primera). Por el uso de una tilde diacrítica estas dos instituciones están en discusión.

La RAE quiere que no haya diferencia en la escritura de la palabra sólo –de únicamente, usado como adverbio– y solo –de soledad, usado como adjetivo– y que sólo se distingan por el contexto en el que se utilizan. Es decir, pretende sólo una palabra para significados distintos, lo cual, en vez de simplificar su uso, dificulta su comprensión.

(Habrán notado que hay ocasiones en que el contexto no es suficiente para determinar el sentido correcto de una palabra.)

Por su parte, la AML, presidida por José G. Moreno de Alba, envío un documento a la RAE y a las demás academias del español, en el cual defiende y argumenta el uso de la tilde diacrítica para evitar confusiones al lector y por una mayor claridad en lo que se escribe, para beneficio de los hablantes de la lengua con una menor preparación gramatical.

morel 
[Continuará...]