jueves, 10 de diciembre de 2009

De la tragedia a la comedia



 Ahora resulta que Rafael Acosta Ángeles no existe, que no se halla su identidad en ninguna oficina del Registro Civil, que en realidad no es Rafael sino responde al desgraciado nombre de Ponfilio...

Ahora resulta que el que sí existe es Juanito, el que todos hemos visto haciendo sus payasadas, que de Rafael Acosta Ángeles no se sabe, salvo que es un individuo invisible (o que por lo menos nadie puede dar fe de haberlo visto), cuya acta de nacimiento dice que vino a este mundo en 1958 y que tuvo como testigo de su registro al general revolucionario Felipe Ángeles, amigo fiel de Francisco Villa y estratega militar fundamental para la División del Norte, quien murió fusilado en 1914.

Pues bien, demos por muerto a Rafael Acosta Ángeles, es más, démosle por inexistente, aceptemos que nunca existió en realidad, que su paso por la Ciudad de México fue como un espejismo en el desierto político. En cambio, reinvidiquemos a ese cuerpo maltrecho, al bufón que dice llamarse Juanito y que siempre habla en tercera persona de sí mismo, como quien conversa con su conciencia (desempolvemos al Dr. Jekyll y a Mr. Hyde).

Y lo mejor: ya encarrerados en este frenesí, ya metido el acelerador de la demencia, ya faltos de toda cordura, pero con una firme conciencia revolucionaria, declaremos a Felipe Ángeles redivivo, el general sigue entre nosotros, no sólo en actas de nacimiento, sino en nuestra memoria. Está resucitado y su espíritu, que no es menor, ronda por calles, por casas y anda en busca de políticos que quieran tener el grande honor de ser bautizados teniéndolo a él como testigo.

Despues de todo, una cosa es segura (lo puedo afirmar con los pelos de la burra en la mano): Juanito sí existe, no es sólo un apodo, no sólo es un símbolo de la miseria partidista, es una persona de carne y hueso que, además de tener su propia obra de teatro producida por esa eminencia del cine de ficheras que es "El Caballo", quiso gobernar Iztapalapa...

Y perdónenme, pero después de tanto, no pude hacer otra cosa que reírme, no aguanté más y comencé a carcajearme de mí mismo, de nuestros políticos y de este pobre país.

morel

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